59. En Don Quijote se nos representa un valiente maniático, que pareciéndole muchas cosas de las que ve semejantes á las que leyó, sigue los engaños de su imaginación y acomete empresas, en su opinión, hazañosas, en la de los demás disparatadas, cuales son las que los antiguos libros caballerescos refieren de sus héroes imaginarios, para cuya imitación bien se echa de ver cuánta erudición caballeresca era necesaria en un autor que á cada paso había de aludir á los hechos de aquella innumerable caterva de caballeros andantes. La lectura de Cervantes en este género de historias fabulosas fué sin igual, como lo manifiesta en muchísimas partes[47].

40. Fuera de sus manías, habla Don Quijote como hombre cuerdo, y son sus discursos muy conformes á razón. Son muy dignos de leerse los que hizo sobre el siglo de oro, ó primera edad del mundo, poéticamente descrita[48], sobre la manera de vivir de los estudiantes y soldados[49]; sobre las distinciones que hay de caballeros y linajes[50]; sobre el uso de la poesía[51]; y las dos instrucciones, una política[52] y otra económica[53], las cuales dió á Sancho Panza, cuando iba á ser gobernador de la Ínsula Barataria, son tales, que se pueden dar á los gobernadores verdaderos, y ciertamente deben ponerlas en práctica.

41. En Sancho Panza se representa la simplicidad del vulgo, que aunque conozca los errores, ciegamente los sigue. Pero para que la simplicidad de Sancho no sea enfadosa á los lectores, la hace Cervantes naturalmente graciosa. Nadie definió mejor á Sancho Panza que su amo Don Quijote, cuando hablando con una duquesa, dijo[54]: "Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo escudero más hablador ni más gracioso que yo tengo." Y en otra ocasión[55]: "Quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió á caballero andante. Tiene á veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple ó agudo causa no pequeño contento. Tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo. Duda de todo y créelo todo. Cuando pienso que se va á despeñar de tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo. Finalmente, yo no lo trocaría con otro escudero aunque me diesen de añadidura una ciudad." En prueba de la sencillez y gracia de Sancho Panza, léase sólo el cuento del rebuzno[56].

42. Siendo tales los principales personajes de esta historia, viene á suceder lo que en ajena persona dijo Cervantes[57]: "Que los sucesos de Don Quijote, ó se han de celebrar con admiración ó con risa"; y que Sancho es tal[58]: "á cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen". Y sin hablarnos por boca de otros, dijo en el fin de su primer prólogo: "Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte á conocer tan noble y tan honrado caballero; pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien á mi parecer te doy cifradas todas las gracias escuderiles, que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas."

43. Para que la historia de un caballero andante no enfadase á los lectores con la uniformidad ó semejanza de los sucesos, lo cual acontecería si únicamente se tratase de locas aventuras, ingirió Cervantes muchos episodios, donde los sucesos son frecuentes, nuevos y verosímiles; los razonamientos, artificiosos, claros y eficaces; los enredos, maravillosamente enmarañados; las salidas de ellos, fáciles, naturales, y, sobre todo, tan agradables, que dejan el ánimo sosegado, quedando muy quietos y pacíficos aquellos afectos, que con singular industria y artificio se habían alborotado. Y lo que más admira á los perspicaces lectores, es que todos estos episodios, menos dos, "Las novelas" digo "del Cautivo y del Curioso impertinente", están entretejidos en el principal asunto de la fábula tan ingeniosamente, que cual hermoso tapiz forman con ella una misma tela y hacen una labor muy amena y agradable.

44. Cuando es muy hábil el artífice, nadie conoce mejor que él la perfección de sus obras. Por eso decía el mismo Cervantes, hablando de su historia[59]: "Los cuentos y episodios de ella, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia."

45. Para hacer Cervantes su invención mucho más verosímil y plausible, fingió[60] haber sido el autor de ella Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo, natural de la Mancha. Fingióle manchego para suponerle bien informado de las cosas de Don Quijote. Es cosa muy graciosa ver cómo celebra Cervantes la escrupulosa puntualidad de Cide Hamete en la relación de las cosas aún más mínimas, como cuando hablando de Sancho Panza, maltratado á garrotazos, dijo[61]: "Despidiendo treinta ayes y sesenta suspiros, y ciento veinte pestes y reniegos de quien allí le había traído, se levantó." Y cuando dice de otro[62]: "Era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice el autor de esta historia, que de este arriero hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aún quiere decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Hamete Benengeli fué historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas; y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio. De donde podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones tan corta y sucintamente, que apenas nos llegan á los labios, dejándose en el tintero, ya por descuido, ya por malicia ó ignorancia, lo más sustancial de la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquél del otro libro donde se cuentan los hechos del conde Tomillas, y con qué puntualidad lo escriben todo!" No habló más discretamente el mismo Luciano en sus dos libros De la verdadera historia.

46. En otra parte, poniendo en práctica esta misma puntualidad en referir las cosas muy por menor, dice Cervantes en boca de Benengeli[63]: "Entraron á Don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó en valones y en jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era valona á lo estudiantil, sin almidón y sin randas, los borceguíes eran datilados y encerados los zapatos. Ciñóse su buena espada, que pendía de un tahalí de lobos marinos, que es opinión que muchos años fué enfermo de los riñones; cubrióse un herreruelo de buen paño pardo; pero antes de todo, con cinco calderos ó seis de agua, que en la cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se lavó cabeza y rostro." ¡Nimiedad sencilla y graciosa! ¡Verosimilitud admirable y sin igual! Exclame, pues, Cervantes, y con razón[64]: "Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como ésta, deben mostrarse agradecidos á Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas de ella, sin dejar cosa, por menuda que fuese, que no la sacase á luz distintamente. Pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde á las tácitas, aclara las dudas, resuelve los argumentos, finalmente los átomos del más curioso deseo manifiesto. ¡Oh, autor celebérrimo! ¡Oh, Don Quijote dichoso! ¡Oh, Dulcinea famosa! ¡Oh, Sancho Panza gracioso! Todos juntos, y cada uno de por sí, viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes."

47. Fingió Cervantes que el autor de esta historia fué arábigo[65], aludiendo en esto á lo que muchos piensan, que los árabes pegaron á los españoles la afición de novelar. Es cierto que Aristóteles[66], Cornuto[67] y Prisciano[68], hicieron mención de las "fábulas líbicas". Luciano añade[69] que entre los árabes había hombres empleados en explicar las fábulas. Locman, á quien celebra el Korán, de Mahoma, es opinión muy válida que fué Esopo, fabulero insigne. Tomás Erpenio fué el primero que tradujo sus fábulas en latín, en el año 1625. Bien cierto es que las de Esopo están acomodadas al genio de cada nación. Aun las que están en griego no son las mismas que escribió Esopo. Fedro, que las tradujo en latín, confiesa que las interpoló[70]. Yo las tengo en español, impresas en Sevilla por Juan Cronberger, año 1533, y están interpoladas y añadidas extrañamente. No es maravilla, pues, que los árabes las hayan acomodado á su genio. Y ¿qué mayor fábula que el Korán, de Mahoma? Este se escribió á manera de novela, para que se aprendiese con más facilidad y se olvidase menos. Las vidas de los patriarcas, profetas y apóstoles, que tienen escritas los mahometanos, están llenas de fábulas. Algunos de sus filósofos, que intentaron explicar los sonados misterios de su doctrina, formaron unos libros á manera de novelas. De este género es la historia de Hayo, hijo de Yocdán, de quien contó Avicena grandísimas patrañas. León Africano y Luis del Mármol, como testigos de vista, dicen que los árabes tienen tanta afición á las novelas, que celebran las hazañas de su Buhalul en prosa y verso, como los nuestros las de Reinaldos de Montalván y Rolando el Enamorado. Y sin salir de España, los que llamamos "cuentos de viejas" son unas breves novelas, cuyos asuntos, de ordinario, son encantamientos y apariciones de horribilísimos negros, para causar espanto á los niños, haciéndolos así vilmente medrosos; están manifestando ser invención arábiga.

48. Prueba de esto es también que los primeros libros de caballerías se escribieron en España en tiempo en que los árabes aún estaban en ella. Y así, entiendo que escribía trascordado Lope de Vega cuando dijo[71]: "Llamaban á las novelas, cuentos. Estos se sabían de memoria, y nunca, que yo me acuerde, los vi escritos." Haylos escritos, y los había leído Lope en los mismos libros de caballerías: pero no se acordaba, quizá, porque los que le habrían contado no serían los mismos. Aunque yo no niego que muchos están hoy únicamente encomendados á la tradición de los ociosos habladores.