49. Tenemos manchego y árabe al autor de esta historia escrita en arábigo. Añade Cervantes, siguiendo el hilo de su ficción, que mandó traducirla de arábigo en castellano á un morisco aljamiado[72]. Aludiendo á esto, introdujo al bachiller Sansón Carrasco, que, hablando con Don Quijote, dijo así[73]: "Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escrita, y rebién haya el curioso[74] que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes."

50. Y para que se entendiese que el traductor también hacía sus críticas, en abono suyo, añadió esto Cervantes[75]: "Llegando á escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles que no tiene por posible que él las supiese; pero no quiso dejar de traducirlo por cumplir con lo que á su oficio debía, y, así, prosiguió diciendo:", etc. Gran documento para los traductores, que no saben que su oficio es como el de los retratistas, que no hacen su deber si sacan un retrato más perfecto que el original. Hablo de las cosas, que en lo tocante al estilo cada cual usa de sus colores, y éstos deben ser proporcionados á lo que se quiere representar. Siendo esto así, no sé cómo disculpar á Cervantes, el cual hace que en otra parte falte el traductor á su acostumbrada puntualidad, diciendo así[76]: "Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor de esta historia le pareció pasar éstas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones." ¿Por ventura diremos que lo que es reprensión del traductor es tácita alabanza de la puntualidad de Cervantes ¿Ó que con esto quiso reprobar la enfadosa prolijidad de muchos escritores, que desviándose de su principal asunto se paran en hacer descripciones de palacios y de semejantes cosas? Uno y otro es posible. Lo cierto es que la Novela del verdadero y perfecto amor, atribuída á Athenágoras, es desagradable por las frecuentes descripciones de palacios, hechas con tan sobresaliente arte, y ésta vitruviana, que parece que el que las hizo no podía disimular ser arquitecto, pues describía los palacios como artífice, no como novelista. De donde infirió el sagacísimo Huet que el autor de aquella novela no fué Athenágoras, como se supone, sino Guillermo Filandro, ilustrador insigne de Marco Vitruvio, el cual quiso en aquella obra lisonjear el genio de su gran favorecedor el cardenal Gregorio Armanac, muy amigo de la arquitectura. Ni podía Athenágoras pintar tan al vivo como pinta las costumbres modernas. Y no fué difícil persuadir á Fumeo, publicador de la "novela", que el original griego que le enseñaron era verdadero; pero debía él haberle examinado mejor, para que no creyésemos que su traducción es supuesta. Fumeo se portó muy al contrario de aquéllos que cuando publican algunos libros que saben ellos ser falsos ponen gran conato en persuadir su legitimidad, diciendo haberlos sacado de manuscritos muy antiguos, de letra apenas legible, carcomidos del tiempo y que estaban en ésta ó en la otra librería, donde nadie los vió, que pudieron lograrlos por medio de uno que ya no vive. Y éstos y semejantes artificios son los que engañan á los sencillos lectores, y los que nos representa Cervantes[77] fingiendo que el autor de esta obra fué historiador arábigo y manchego, el traductor morisco, y la continuación de la historia, por buena dicha, hallada y comprada de un muchacho que vendía unos cartapacios y papeles viejos en el Alcana de Toledo. Pudo ser arbitrario fingir en Toledo tal hallazgo. Pero á tiempo que Cervantes decía esto corría muy valido entre la gente crédula haber en Toledo quien tenía una Historia universal donde todos hallaban lo que buscaban y aun lo que querían. El autor de ella se suponía gravísimo. Y en efecto, aquella historia que trataba de todas las cosas y otras muchas más; esto es, de cuanto querían los que preguntaban algo al que suponían tesorero de la erudición eclesiástica, era una fábula preñada de muchas fábulas, que con toda propiedad se llamaría en francés con el nombre de roman, y en buen romance cuento de cuentos; los cuales fueron tan bien recibidos, que salieron varias continuaciones, no menos aplaudidas que las de los libros de Amadís; y lo que es mucho peor, más leídas y más creídas, y aún no desterradas, reservando Dios esta gloria á quien se digne dar tantas fuerzas é industria, que sea capaz de embestir y vencer á todo el vulgo de una nación. Pero éste no es asunto propio de este lugar. Lo será de otro y en otra ocasión, si Dios quiere.

51. Últimamente, por no incurrir Cervantes en lo mismo que reprendía de la vanidad de los libros caballerescos, y acordándose del fin que se había propuesto de hacer despreciables aquellas patrañas, hizo que Don Quijote de la Mancha, que como loco había sido llevado á su casa, encerrado en una carreta, como si fuese en una jaula, volviese luego en su juicio y confesase llana y cristianamente haber sido disparate todo cuanto hizo y obró por el deseo de imitar á aquellos caballeros andantes, puramente imaginarios.

52. Según lo dicho, ya se ve cuán admirable es la invención de esta grande obra. No lo es menos la disposición de ella, pues las imágenes de las personas de que se trata tienen la debida proporción y cada una ocupa el lugar que le toca; los sucesos están enlazados con tanto artificio, que los unos llaman á los otros, y todos llevan suspensa y gustosamente entretenida la atención del lector.

55. En orden al estilo, ¡ojalá que el que hoy se usa en los asuntos más graves fuese tal! En él se ven bien distinguidos y apropiados los géneros de hablar. Sólo se valió Cervantes de voces antiguas para representar mejor las cosas antiguas. Son muy pocas las que introdujo nuevamente, pidiéndolo la necesidad. Hizo ver que la lengua española no necesita de mendigar voces extranjeras para explicarse cualquiera en el trato común. En suma, el estilo de Cervantes en esta historia de Don Quijote es puro, natural, bien colocado, suave y tan enmendado, que en poquísimos escritores españoles se hallará tan exacto. De suerte, que es uno de los mejores textos de la lengua española. Bien satisfecho de esto estaba el mismo Cervantes, pues dirigiendo el tomo segundo de la historia de Don Quijote al conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, con inimitable gracia, con la cual supo encubrir las propias alabanzas, le dijo así: "Enviando á V. E. los días pasados mis comedias, antes impresas que representadas, si bien me acuerdo dije que Don Quijote quedaba calzadas las espuelas para ir á besar las manos á V. E.; y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá llega, me parece que habré hecho algún servicio á V. E., porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan á que le envíe, para quitar el hamago y la náusea que ha causado otro Don Quijote, que con nombre de segunda parte se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, ó por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese en lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de Don Quijote; juntamente con esto me decía que fuese yo á ser el rector del tal colegio. Preguntéle al portador si su majestad le había dado para mí alguna ayuda de costa. Respondióme que ni por pensamiento. Pues, hermano, le respondí yo: vos os podéis volver á vuestra China á las diez, ó á las veinte, ó á las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además que sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al gran conde de Lemos, que sin tantos titulillos de colegios ni rectorías me sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto á desear. Con esto le despedí, y con esto me despido..., etc. De Madrid, último de Octubre de mil seiscientos y quince."

54. Examinada ya por sus partes la perfección de esta obra, y vista también la buena distribución y enlace de todas ellas, fácilmente puede pensarse cuán bien recibida debió ser esta insigne obra. Pero como salió en dos volúmenes, y cada uno de ellos en diferente tiempo, veamos cómo se recibieron, qué censuras padecieron y cuál es la que merecen.

55. El primer tomo salió en Madrid, impreso por Juan de la Cuesta, año 1605, en 4.º, dirigido al duque de Béjar, de cuya protección se congratuló Cervantes en unos versos que escribió al libro de Don Quijote de la Mancha, Urganda la Desconocida.

56. Una de las mayores pruebas de la celebridad de algún libro es el fácil despacho de él. Fué tal el que tuvo el primer tomo de esta historia de Don Quijote, que antes que Cervantes publicase el segundo, dijo en boca de Sansón Carrasco[78]: "Tengo para mí, que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia. Si no, díganlo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se ha impreso. Y aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y á mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca." Así ha sucedido, por cierto: de suerte que solamente de las traducciones se pudiera formar una larga relación. En otra parte introduce á Don Quijote, exagerando el número de los libros impresos de su historia, de esta suerte[79]: "He merecido andar ya en estampa en casi todas ó las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia." En otra parte, la Duquesa (cuyos Estados hasta ahora no se ha podido averiguar cuáles son), hablando de la historia de Don Quijote, dice[80]: "De pocos días á esta parte ha salido á la luz del mundo, con general aplauso de las gentes." Mucho mejor se explicó el bachiller Sansón Carrasco, hablando de esta historia con el mismo Don Quijote[81]: "Es tan clara—dijo—, que no hay cosa que dificultar en ella. Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y finalmente es tan trillada y tan leída, y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: allí va Rocinante. Y los que más se han dado á su lectura son los pajes. No hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote. Unos le toman si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden. Finalmente la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta ahora se haya visto; porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico." Mucha razón tuvo Sancho Panza para hacer esta profecía[82]: "Yo apostaré, dijo Sancho, que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón ó tienda de barbero donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas." Así vemos que sucede y mucha más, pues no sólo en los mesones y casas particulares se hallan los libros de Don Quijote, sino en las más escogidas librerías, haciendo sus dueños una grande ostentación de esta historia, si por ventura logran tenerla de las primeras impresiones. Los más diestros burilistas, pintores, tapiceros y escultores están empleados en representar esta historia, para adornar con sus figuras las casas y palacios de los grandes señores y mayores príncipes. Aún viviendo Cervantes, consiguió la gloria de que su obra tuviese la aceptación real. Estaba el rey don Felipe, tercero de este nombre, en un balcón de su palacio de Madrid, y espaciando la vista observó que un estudiante, junto al río de Manzanares, leía un libro, y de cuando en cuando interrumpía la lección y se daba en la frente grandes palmadas, acompañadas de extraordinarios movimientos de placer y alegría; y dijo el rey: "Aquel estudiante, ó está fuera de sí ó lee la historia de Don Quijote." Y luego se supo que la leía; porque los palaciegos suelen interesarse mucho en ganar las albricias de los aciertos de sus amos en lo que poco importa. Mas ninguno de ellos solicitó á Cervantes una moderada pensión, para que con ella pudiese entretener su vida. Y por eso no sé yo cómo entienda aquella parábola del emperador de la China. Lo cierto es que Cervantes, mientras vivió, debió mucho á los extranjeros y muy poco á los españoles. Aquéllos le alabaron y honraron sin tasa ni medida. Éstos le despreciaron y aun le ajaron con sátiras privadas y públicas.

57. Por que no quede esta verdad á la mera cortesía de los lectores, produzcamos las pruebas. El licenciado Márquez Torres, en la aprobación que dió al segundo tomo de la historia de Don Quijote, después de una justísima censura contra los perversos libros de su tiempo, dice así: "Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de Cervantes así nuestra nación como las extrañas; pues como á milagro desean ver el autor de libros, que con general aplauso, así por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recibido España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en 25 de Febrero de este año de 1615, habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, á pagar la visita que á su ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino á tratar cosas tocantes á los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses, de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron á mí y á otros capellanes del cardenal, mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos, y tocando acaso en éste, que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron á hacer lenguas, encareciendo la estimación de que así en Francia como en los reinos sus confinantes se tenían sus obras, La Galatea que alguno dellos tiene casi de memoria, la primera parte de ésta y las novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles á que viesen el autor de ellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado á decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre; á que uno respondió estas formales palabras: "¿Pues á tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del Erario público?" Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: "Si necesidad le ha de obligar á escribir, plega á Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico á todo el mundo." Bien creo que esta para censura es un poco larga; alguno dirá que toca los límites del lisonjero elogio; mas la verdad de lo que cortamente digo, deshace en el crítico la sospecha y en mí el cuidado; además, que el día de hoy no se lisonjea á quien no tiene con qué cebar el pico del adulador, que aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras." Pensará el lector que quien dijo esto fué el licenciado Francisco Márquez Torres; no fué sino el mismo Miguel de Cervantes Saavedra, porque el estilo del licenciado Márquez Torres es metafórico, afectadillo y pedantesco, como lo manifiestan los Discursos consolatorios que escribió á don Cristóbal de Sandoval y Rojas, su hijo, primer marqués de Belmonte, y al contrario, el estilo de la aprobación es puro, natural y cortesano, tan parecido en todo al de Cervantes, que no hay cosa en él que le distinga. El licenciado Márquez era capellán y maestro de pajes de don Bernardo Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, inquisidor general; y Cervantes era muy favorecido del mismo[83]. Con que ciertamente eran entrambos amigos.

58. Supuesta la amistad, no era mucho que usase Cervantes de semejante libertad. Conténtese, pues, el licenciado Márquez Torres con que Cervantes le hizo partícipe de la gloria de su estilo. Y veamos qué movió á Cervantes á querer hablar, como dicen, por boca de ganso. No fué otro su designio sino manifestar la idea de su obra, la estimación de ella y de su autor en las naciones extrañas, y su desvalimiento en la propia.