59. Ya hemos visto estas dos últimas cosas; veamos ahora cuál dice que es el fin de su obra: cómo dice que está escrita y cómo no está; que todo esto contiene la aprobación de este libro, igual en todo al primero, atendida la dificultad que tiene la continuación de una ficción, tan perfecta, que ya pudiera tenerse por felizmente acabada. "No hallo—dice—en él cosa indigna de un cristiano celoso, ni que disuene de la decencia debida á buen ejemplo, ni virtudes morales, antes mucha erudición y aprovechamiento, así en la continencia de su bien seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías, cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación (vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos); y en la corrección de vicios, que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprensión cristiana, que aquél que fuere tocado de la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará (que es lo más difícil de conseguirse) gustoso y reprendido. Ha habido muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar á propósito lo útil con lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo imitar á Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida por no decir licenciosa y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose á maldicientes, inventando casos que no pasaron para hacer capaz al vicio que tocan de su áspera reprensión, y por ventura descubran caminos para seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen á quedar, si no repulsores, á lo menos maestros dél. Hácense odiosos á los bien entendidos, con el pueblo pierden el crédito si alguno tuvieron, para admitir sus escritos, y los vicios que arrojada é imprudentemente quisieron corregir quedan en muy peor estado que antes: que no todas las postemas á un mismo tiempo están dispuestas para admitir las recetas ó cauterios: antes algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas: término que muchas veces es mejor, que no el que se alcanza con el rigor del hierro." Censura digna por cierto del buen juicio y de la moderación de ánimo de Miguel de Cervantes.

60. Muy diferentes eran las que le hacían sus contrarios, dejándose llevar de su dañada intención y maledicencia. Unas, como dije, fueron privadas; otras, públicas. Pero tales, que el mismo contra quien se dirigieron hizo alarde de contarlas. "Estando yo—dice—[84] en Valladolid, llevaron una carta á mi casa para mí, con un real de porte; recibióla y pagó el porte una sobrina mía, que nunca ella le pagara; pero dióme por disculpa que muchas veces me había oído decir que en tres cosas era bien gastado el dinero: en dar limosna, en pagar al buen médico y en el porte de las cartas, ora sean de amigos ó de enemigos; que las de los amigos avisan y de las de los enemigos se puede tomar algún indicio de sus pensamientos. Diéronmela, y venía en ella un soneto malo, desmayado, sin garbo ni agudeza alguna, diciendo mal de Don Quijote, y de lo que me pesó fué del real, y propuse desde entonces de no tomar carta con porte."

61. Más sentido se manifestó Cervantes con otro enemigo de su Don Quijote; pues le describió tan al vivo, que bien se echa de ver la fuerza de su indignación. Sólo se sabe que era fraile, pero no quién ni de qué religión; y así bien podemos copiar aquí su pintura[85]. "La duquesa y el duque salieron á la puerta de la sala á recibirle (á Don Quijote), y con ellos un grave eclesiástico, de éstos que, como no nacen príncipes, no aciertan á enseñar cómo lo han de ser los que lo son; de éstos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos; de éstos que queriendo mostrar á los que ellos gobiernan á ser limitados, los hacen ser miserables. De éstos tales, digo, que debía de ser el grave religioso que con los duques salió á recibir á Don Quijote." El recibimiento del dicho fraile, y sacudimiento de Don Quijote, mejor se leerá en el original[86]. Y dejando nosotros las censuras ocultas, hablemos ahora de las descubiertas.

62. Publicado, como queda dicho; tan bien recibido y diversas veces impreso el primer tomo de la historia de Don Quijote de la Mancha, no faltó en España quien, envidioso de la gloria de Miguel de Cervantes Saavedra, y codicioso de la ganancia de sus libros, aún viviendo él, se atrevió á escribir y publicar una continuación de aquella historia inimitable. El título que dió á su obra fué éste:

63. Segundo tomo del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida, y es la quinta parte de sus aventuras, compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, patria feliz del hidalgo caballero Don Quijote de la Mancha. Con licencia, en Tarragona, en casa de Felipe Roberto. Año 1614, en octavo.

64. Ni el autor de esta obra se llamaba Alonso Fernández de Avellaneda, ni fué natural de Tordesillas, célebre villa de Castilla la Vieja, sino que fué aragonés; pues Miguel de Cervantes Saavedra, á quien debemos suponer bien informado, así le nombró en varias ocasiones. En una llamó á esta continuación[87]: "Historia del aragonés, recién impresa." En otra, hablando de ella, dijo[88]: "Esta es la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas." Aunque Cervantes, pues, en alguna parte[89] le llamó "autor tordesillesco", sólo fué por hablar en suposición de la ficción de su patria, y quizá para tratarle con apodo equívoco á rocín tordillo; como si dijera: "autor arrocinado". En suposición, pues, de que la obra se finge haberse escrito en Tordesillas y de haberse impreso en Tarragona, como lo manifiestan las "aprobación" del libro y "licencia" para imprimirle, se entenderá fácilmente lo que dijo Cervantes en el principio de su discretísimo prólogo del segundo tomo, aludiendo á la ficción de la patria y realidad de la impresión de Tarragona. Sus palabras son éstas: "Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, ó cualquier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote: digo de aquél que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues, en verdad, que no te he de dar este contento; que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que le diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento. Castíguele su pecado, con su pan se lo coma, y allá se lo haya." Y poco más adelante: "Paréceme que me dices que ando muy limitado, y que me contengo mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que no se ha de añadir aflicción al afligido y que la que debe tener este "señor" sin duda es "grande", pues no osa parecer á campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad." Aquellas palabras "señor" y "grande" son misteriosas para mí; y sea lo que fuere, yo estoy persuadido á que el enemigo de Cervantes era muy poderoso, cuando un escritor, soldado, animoso y diestro en el manejo de la pluma y de la espada, no se atrevió á nombrarle. Si ya no es que fuese hombre tan vil y despreciable, que ni aun quiso que se supiese su nombre, para que con la misma infamia no lograse alguna fama.

65. Don Nicolás Antonio juzgó que este autor no tenía genio para continuar tal obra. Esto es poco. Ni tenía genio ni ingenio para tan difícil empresa. No tenía genio, porque éste supone ingenio, pues como decía la duquesa, que tanto honró á Don Quijote, "las gracias y los donaires no asientan sobre ingenios torpes"[90]. Y tal era el del autor aragonés, cuya leyenda es indigna de cualquier lector que se tenga por honesto. Escribir, pues, con gracia pide un natural muy agudo y muy discreto, de que estaba muy ajeno el dicho aragonés. Ni aun le tenía para inventar con alguna apariencia de verosimilitud, pues habiendo intentado continuar la historia de Don Quijote, debía haber imitado el carácter de las personas que fingió Cervantes, guardando siempre el decoro, que es la mayor perfección del arte. Últimamente, su doctrina es pedantesca y su estilo lleno de impropiedades, solecismos y barbarismos, duro y desapacible, y en suma, digno del desprecio que ha tenido, pues se ha consumido en usos viles, y únicamente el haber llegado á ser raro pudo darle estimación, pues habiéndose reimpreso en Madrid después de ciento diez y ocho, esto es, en el de 1732, no hay hombre de buen gusto que haga aprecio de él. El año 1704 se imprimió en París una que se llama "traducción" de esta obra en lengua francesa; pero se observa el orden invertido, muchas cosas quitadas y muchas más añadidas, y éstas han podido granjear algún crédito á su primer autor.

66. Éste supo ocultar su nombre, pero no su maledicencia y codicia, pues se atrevió á hablar en su prólogo con tanta insolencia como ésta: "Se prosigue (esta historia de Don Quijote de la Mancha) con la autoridad que él (Miguel de Cervantes Saavedra) la comenzó, y con la copia de fieles relaciones que á su mano llegaron (y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sólo una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos), pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte." No hagamos caso de la gramática de este escritorcillo digno de la férula. Oigamos otra reprensión de la inculpable vejez de Miguel de Cervantes, de su condición, pobreza y persecuciones; y tengan paciencia los lectores en sufrir las necias habladurías de un ridículo pedante, que por tal juzgo al que dijo esto: "Y pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo, que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos, que cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, había de ahijarlos (como él dice) al preste Juan de las Indias ó al emperador de Trapisonda, por no hallar título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los suyos en los principios de los libros del autor de quien murmura, y plegue á Dios aún deje, ahora que se ha acogido á la Iglesia y sagrado. Conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas. No nos canse. Santo Tomás en la 2, 2, q. 36, enseña que la envidia es tristeza del bien y aumento ajeno, doctrina que la tomó de San Juan Damasceno. Á este vicio da por hijos San Gregorio, en el libro 31, capítulo XXXI, de la exposición moral que hizo á la historia del santo Job, al odio, susurración y detracción del prójimo, gozo de sus pesares y pesar de sus buenas dichas; y bien se llama este pecado envidia á non videndo, quia invidus non potest videre bona aliorum: efectos todos tan infernales como su causa, tan contrarios á los de la caridad cristiana, de quien dijo San Pablo: 1, Corinth., 13. Charitas patiens est, benigna est non emulatur, non agit perperam, non inflatur, non est ambitiosa, congaudet veritati, etcétera. Pero disculpa los hierros[91] de su primera parte en esta materia, el haberse escrito entre los de una cárcel; y así no pudo dejar de salir tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y colérica, cual lo están los encarcelados."

67. Si preguntamos á este hombre qué le movió á decir tan grandes desvergüenzas, en todo su prólogo no haremos otra causa sino que él y Lope de Vega fueron reprendidos en la historia de Don Quijote. Sus palabras son éstas: "No podrá por lo menos dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa, si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender á mí, y particularmente á quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras (éste es Lope de Vega), y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas é innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo, y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar." Fué Lope de Vega familiar del Santo Oficio[92].