68. Es muy propio de ignorantes, cuando se ven reprendidos, fundar el agravio que imaginan habérseles hecho reprendiéndolos, en la censura hecha á otros grandes hombres, para que los apasionados á éstos se irriten contra el censor. Lope de Vega era en su tiempo y aún el día de hoy, el príncipe de la cómica española. Censurar un escritor tan célebre era como poner las manos en un hombre sacrosanto.

69. Pero Lope, que sabía que era de carne y hueso, como los demás escritores, como cuerdo agradecía las censuras hechas con verdad y buena intención, y procuraba aprovecharse del conocimiento de sus errores. En prueba de esto, basta el mismo suceso que dió ocasión á que el indiscreto autor aragonés se quejase tan fuera de propósito y maldijese tanto.

70. Reprendieron muchos á Lope de Vega, porque componía comedias no ajustadas á los preceptos del arte. Tengo por cierto que Cervantes fué uno de sus más fuertes censores. Procuraría Lope disculparse como mejor podía, quiero decir, atribuyendo muchos de sus descuidos á la condescendencia del vulgo; y viéndose estrechado, llegó á decir que las nuevas circunstancias del tiempo pedían nuevo género de comedias; como si la naturaleza de las cosas fuese mudable por cualesquiera accidentes. La controversia se puso en términos de que la Academia Poética de Madrid mandase á Lope de Vega que alegase por su parte lo que tuviese que decir. Entonces compuso el razonamiento que intituló Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. Como hombre ingenuo, hubo de confesar sus yerros, dorándolos como mejor pudo, de esta suerte:

Mándanme ingenios nobles, flor de España,
Que un arte de comedias os escriba
Que al estilo del vulgo se reciba.
Fácil parece este sujeto, y fácil
Fuera para cualquiera de vosotros,
Que ha escrito menos de ellos, y más sabe
Del arte de escribirlas, y de todo:
Que lo que á mí me daña en esta parte,
Es haberlas escrito sin el arte.
No porque yo ignorase los preceptos,
Gracias á Dios, que ya tirón gramático
Pasé los libros que trataban desto.
Antes que hubiese visto al sol diez veces
Discurrir desde el Aries á los Peces.
Mas porque en fin hallé que las comedias
Estaban en España en aquel tiempo,
No como sus primeros inventores
Pensaron que en el mundo se escribieran,
Mas como las trataron muchos bárbaros,
Que enseñaron al vulgo á sus rudezas.
Y así se introdujeron de tal modo,
Que quien con arte agora escribe,
Muere sin fama y galardón; que puede
Entre los que carecen de su lumbre,
Más que razón y fuerza, la costumbre.
Verdad es que yo he escrito algunas veces
Siguiendo el arte, que conocen pocos;
Mas luego que salir por otra parte
Veo los monstruos de apariencias llenos,
Adonde acude el vulgo y las mujeres
Que este triste ejercicio canonizan:
Á aquel hábito bárbaro me vuelvo,
Y cuando he de escribir una comedia,
Encierro los preceptos con seis llaves,
Saco á Terencio y Plauto de mi estudio
Para que no me den voces; que suele
Dar gritos la verdad en libros muchos.
Y escribo por el arte que inventaron
Los que el vulgar aplauso pretendieron;
Porque, como las paga el vulgo, es justo
Hablarle en necio para darle gusto.

Más adelante, dice:

Creed que ha sido fuerza que os trujese
Á la memoria algunas cosas destas,
Porque veáis que me pedís que escriba
Arte de hacer comedias en España,
Donde cuanto se escribe es contra el arte,
Y qué decir cómo serán agora,
Contra el antiguo, y que en razón se funda,
Es pedir parecer á mi experiencia,
No al arte, porque el arte verdad dice,
Que el ignorante vulgo contradice.

Lo mismo confiesa poco después:

Mas pues del arte vamos tan remotos,
Y en España le hacemos mil agravios,
Cierren los doctos esta vez los labios.

Y éste mismo, que por los más juiciosos y leídos es tenido por príncipe de la cómica española (porque don Pedro Calderón de la Barca, ni en la invención ni en el estilo es comparable con él), concluye su arte de este modo: