Mas ninguno de todos llamar pudo
Más bárbaro que yo, pues contra el arte
Me atrevo á dar preceptos, y me dejo
Llevar de la vulgar corriente adonde
Me llamen ignorante Italia y Francia.
¿Pero qué puedo hacer, si tengo escritas,
Con una que he acabado esta semana,
Cuatrocientas y ochenta y tres comedias?[93]
Porque fuera de seis, las demás todas
Pecaron contra el arte gravemente.
Sustento, en fin, lo que escribí, y conozco
Que, aunque fueran mejor de otra manera,
No tuvieran el gusto que han tenido;
Porque á veces lo que es contra lo justo
Por la misma razón deleita el gusto.
71. Tenemos reo confeso á Lope de Vega antes del año 1602, pues en él se imprimió este arte, si merece tal nombre un razonamiento académico tan contrario á él. Reflexionemos ahora cuán justa y cuán moderada fué la censura de Cervantes dirigida á los malos cómicos de su tiempo, no á Lope de Vega, de quien hizo el debido aprecio, contentándose sólo con reprender (sin nombrarle) lo mismo que él públicamente había confesado. El discurso de Cervantes, en mi juicio, es el más feliz que escribió; y así débame el lector que le repita el gusto de volver á leerlo. Supongo que Miguel de Cervantes Saavedra se revistió de la persona de un canónigo de Toledo, y en nombre de éste habló de esta suerte con el célebre cura Pero Pérez[94]: "He tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y, si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas, y para hacer la experiencia de si correspondían á mi estimación, las he comunicado con hombres apasionados de esta leyenda, doctos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oir disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación. Pero con todo esto no he proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión, como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; y que puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios, que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, á quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me lo quitó de las manos, y aun del pensamiento de acabarle, fué un argumento que hice conmigo mismo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: "Si éstas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas ó las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza; y con todo eso el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen [95] y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen la fábula, como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que á ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos; de este modo vendrá á ser un libro, al cabo de haberme quemado las cejas, por guardar los preceptos referidos; y vendré á ser el sastre del Campillo. Y aunque algunas veces he procurado persuadir á los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que haga el arte que no con las disparatadas. Están tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que de él los saque. Acuérdome que un día dije á uno de estos pertinaces: "Decidme: ¿no os acordáis que ha pocos años que se representaron en España tres tragedias, que compuso un famoso poeta de estos reinos, las cuales fueron tales que admiraron, alegraron y suspendieron á todos cuantos las oyeron, así simples como prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dinero á los representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acá se han hecho?" "Sin duda—respondió el autor que digo—que debe de decir V. M. por La Isabela, La Filis y La Alejandra." "Por esas digo—le repliqué yo—; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar á todo el mundo. Así que no está la falta en el vulgo que pide disparates, sino en aquéllos que no saben representar otra cosa. Sí; que no fué disparate La ingratitud vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se halló en la del Mercader amante, ni menos en La enemiga favorable[96], ni en otras algunas, que de algunos entendidos poetas han sido compuestas para fama y renombre suyo, y para ganancia de los que las han representado." Y otras cosas añadí á éstas con que á mi parecer le dejé algo confuso; pero no satisfecho ni convencido para sacarle de su errado pensamiento. "En materia ha tocado V. M., señor canónigo—dijo á esta sazón el cura—, que ha despertado en mí un antiguo rencor que tengo con las comedias que ahora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque habiendo de ser la comedia, según le parece á Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres é imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades é imágenes de lascivia. Porque ¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos, que salir un niño en mantillas en la primera escena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo retórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden ó podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que la primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en África, y aun si fuera de cuatro jornadas, la cuarta acabara en América, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga á ningún mediano entendimiento, que fingiendo una acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, al mismo que en ella hace la persona principal le atribuyan que fué el emperador Eraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa santa, como Godofredo de Buillón, habiendo infinitos años de lo uno á lo otro, y fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia y mezclarle pedazos de otras, sucedidas á diferentes personas y tiempos; y esto no con trazas verosímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y es lo malo, que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto y que lo demás es buscar gollerías. ¿Pues qué si venimos á las comedias divinas? ¿Qué de milagros falsos fingen en ellas? ¿Qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo á un santo los milagros de otro? Y aun en los humanos se atreven á hacer milagros, sin más respeto ni consideración que parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman, para que gente ignorante se admire y venga á la comedia; que todo esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio de los ingenios españoles, porque los extranjeros, que con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros é ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería bastante disculpa de esto decir que el principal intento que las repúblicas bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para entretener la comunidad con alguna honesta recreación y divertirla á veces de los malos humores que suele engendrar la ociosidad, y que pues esto se consigue con cualquier comedia buena ó mala, no hay para qué poner leyes ni estrechar á los que las componen y representan á que las hagan como debían hacerse; pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende. Á lo cual respondería yo, que este fin se conseguiría mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que no con las tales. Porque de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo de quien la escuchare, por rústico y torpe que sea. Y de toda imposibilidad es imposible dejar de alegar y entretener, satisfacer y comentar la comedia, que todas estas partes tuviere, mucho más que aquélla que careciere de ellas: como por la mayor parte carecen éstas que de ordinario ahora se representan. Y no tienen la culpa de esto los poetas que las componen, porque algunos hay de ellos que conocen muy bien en lo que yerran[97], y saben extremadamente lo que deben hacer. Pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen[98], y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez. Y así el poeta procura acomodarse con lo que el representante, que le ha de pagar su obra, le pide. Y que esto sea verdad, véase por muchas é infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio de estos reinos[99], con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan graves sentencias; finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama. Y por querer acomodarse al gusto de los representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de perfección que requieren[100]. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces por haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos linajes. Y todos estos inconvenientes cesarían, y aun otros muchos más, que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen: no sólo aquéllas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen representar en España, sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y de esta manera los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias á la Corte, y con seguridad podrían representarlas; y aquéllos que las componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían, temerosos de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien las entiende. Y de esta manera se harían buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se pretende, así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes, y el ahorro del cuidado de castigarlos. Y si se diese cargo á otro, ó á este mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasión á que los libros viejos se oscureciesen á la luz de los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los más ocupados. Pues no es posible que esté continuo el arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación."
72. ¡Son acaso más graves, más discretos y agradables los Diálogos, de Platón! ¡Fueron mejores sus deseos! ¿Pudo la censura de Cervantes ser más justa y modesta? Ella fué tal en lo que toca á Lope de Vega, que éste no se dió por ofendido; antes bien, cuando se le ofreció decir algo de Cervantes, escribió con mucha estimación.
73. Pero el mal continuador de Don Quijote, como desfacedor de agravios literarios, quiso enderezar el tuerto que imaginaba se había hecho á Lope de Vega; y abroquelándose de la autoridad de éste, intentó con ella reparar los golpes que le dió Cervantes, hiriéndole quizá en alguna de las censuras particulares, á que aluden este coloquio y la Novela de los perros, que puede muy bien llamarse "sátira lucilio-horaciana", porque imitando á Lucilio y á Horacio, reprende á muchísimos mordacísima pero ocultamente. Y siendo quizá uno de los heridos el aragonés, en lugar de satisfacer con buenas razones á la censura de Cervantes, como no las hallaba, ni aun aparentes, se valió de su maledicencia. Pero bien se la castigó Cervantes, porque á lo que le opuso de la vejez, manquedad y genio envidioso, le respondió así[101]: "Lo que no he podido dejar de sentir, es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, ó si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión[102] que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas á lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla, que libre en la fuga. Y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas, sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían á los demás al cielo de la honra y al de desear la justa alabanza. Y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame envidioso, y que, como á ignorante, me describa qué cosa sea la envidia, que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino á la santa, á la noble y bien intencionada[103]. Y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir á ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio. Y si él lo dijo por quien parece que lo dijo (esto es, por Lope de Vega), engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa."
74. Que Miguel de Cervantes Saavedra no tuviese envidia á Lope de Vega, se ve en las alabanzas que le dió antes y después del discurso que hizo de las comedias, donde en persona del canónigo de Toledo le censuró tan moderadamente como hemos visto. En el libro sexto de su Galatea, en boca de la misma Calíope, dijo:
Muestra en un ingenio la experiencia,
Que en años verdes y en edad temprana
Hace su habitación ansí la ciencia,
Como en la edad madura, antigua y cana.
No entraré con alguno en competencia,
Que contradiga una verdad tan llana:
Y mas si acaso á sus oídos llega,
Que lo digo por vos, Lope de Vega.
Después, en el Viaje del Parnaso[104] habló del mismo con la mayor estimación:
Llovió otra nube al gran Lope de Vega,
Poeta insigne, á cuyo verso ó prosa
Ninguno le aventaja, ni aun le llega.
Y aun después de la censura del aragonés, en la continuación de la misma historia de Don Quijote, hablando de Angélica, dijo[105] que "un famoso poeta andaluz (Luis Barahona de Soto) lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta castellano (Lope de Vega) cantó su hermosura." Y en otra parte[106] aludió con mucha estimación á la Arcadia, de Lope de Vega. La censura, pues, que de él hizo Cervantes no nació de envidia, ya que le alabó tanto como el que más y sin medida alguna, sino de su gran conocimiento, pues fué muy justa. Y la que hizo de Cervantes el continuador tordesillesco fué hija de su maledicencia, tan abominable como se ha visto.