EPITAFIO
Caminante, el peregrino
Cervantes aquí se encierra.
Su cuerpo cubre la tierra;
No su nombre, que es divino.
En fin hizo su camino:
Pero su fama no es muerta,
Ni sus obras. Prenda cierta
De que pudo á la partida
Desde ésta á la eterna vida
Ir la cara descubierta."
181. Este epitafio dió ocasión al autor de la Biblioteca Franciscana para poner en ella á Cervantes como uno de los escritores que fueron Hermanos de la Cofradía de la Tercera Orden; Biblioteca que si los ha de comprender á todos, será ciertamente la más copiosa de todas.
182. Cervantes dijo que su Persiles y Sigismunda se atrevía á competir con Heliodoro. La mayor alabanza que podemos darle, es decir que es cierto. Los amores que refiere son castísimos; la fecundidad de la invención, maravillosa; en tanto grado, que, pródigo su ingenio, excedió en la multitud de los episodios. Los sucesos son muchos y muy varios. En unos se descubre la imitación de Heliodoro, y de otros, muy mejorada; en los demás campea la novedad. Todos están dispuestos con arte, y bien explicados, con circunstancias casi siempre verosímiles. Cuanto más se interna el lector en esta obra, tanto es mayor el gusto de leerla, siendo el tercero y cuarto libro mucho mejores que el primero y segundo. Los continuos Trabajos llevados en paciencia, acaban en descanso, sin máquina alguna; porque un hombre como Cervantes sería milagro que acabase con algún milagro, para manifestar la felicidad de su raro ingenio. En las descripciones excedió á Heliodoro. Las de éste suelen ser sobrado frecuentes y muy pomposas. Las de Cervantes á su tiempo y muy naturales. Aventajóle también en el estilo, porque aunque el de Heliodoro es elegantísimo, es algo afectado, demasiadamente figurado y más poético de lo que permite la prosa. Defecto en que cayó también el discreto Fenelón. Pero el de Cervantes es propio, proporcionadamente sublime, modestamente figurado y templadamente poético en tal cual descripción. En suma, esta obra es de mayor invención y artificio, y de estilo más sublime que la de Don Quijote de la Mancha. Pero no ha tenido igual aceptación; porque la invención de la historia de Don Quijote es más popular y contiene personas más graciosas; y como son menos en número, el lector retiene mejor la memoria de las costumbres, hechos y caracteres de cada una. Fuera de eso, el estilo es más natural y tanto más descansado cuanto menos sublime. Sepan, pues, los que escriben, que poner término á la invención y levantar la mano de la obra, si es á su tiempo, es la última diligencia, y mano. Y esto mismo me amonesta de que ya es hora de que yo no moleste más á mi lector, á quien suplico me perdone muchas impertinencias que aquí ha leído, pues mi fin sólo ha sido obedecer á quien debía el obsequio de recoger algunos apuntamientos, para que otro los ordene y escriba con la felicidad de estilo que merece el sujeto de que tratan. Entretanto, yo daré ahora una fidelísima copia del mismo original, procurando acabar con aquellas mismas palabras con que Miguel de Cervantes Saavedra dió principio al prólogo de sus Novelas.
183. "Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, excusarme de escribir este prólogo, porque no me fué tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con éste. De esto tiene la culpa algún amigo[262] de los muchos que en el discurso de mi vida he granjeado, antes con mi condición que con mi ingenio, el cual amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja de este libro; pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi ambición satisfecha y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve á salir con tantas invenciones en la plaza del mundo á los ojos de las gentes, poniendo bajo del retrato: "Éste que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes, ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies." Éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, á imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA. Fué soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió á tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del Hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria."
FIN DE LA "VIDA DE CERVANTES"
NOTAS:
[1] En 8.º—4 hjs. prels.—204 págs.
[2] Cuatro tomos en 4.º mayor.