Pero como no las encontraba en otros, por la envidia que le tenían, les dió ocasión de tenerla mayor, no con fin de aumentársela, sino de manifestar la satisfacción de su propia conciencia, refrescando la memoria de lo que había trabajado en beneficio público. Por eso en el gracioso coloquio que tuvo con Pancracio de Roncesvalles, el cual puede servir de comento al razonamiento de Cervantes con Apolo, introdujo al dicho Pancracio, figura de un remislado poeta de aquellos tiempos, preguntándole[259]: "Y vuesa merced, señor Cervantes—dijo él—, ¿ha sido aficionado á la carátula? ¿Ha compuesto alguna comedia?" "Sí—dije yo—, muchas; y, á no ser mías, que parecieran dignas de alabanza, como lo fueron los Tratos de Argel[260], La Numancia, La gran turquesa, La batalla naval, La Jerusalén, La Amarante ó la del Mayo, El bosque amoroso, La única y la bizarra Arsinda y otras muchas de que no me acuerdo; mas la que yo más estimo, y de la que más me precio, fué y es de una llamada La Confusa, la cual (con paz sea dicho de cuantas comedias de capa y espada hasta hoy se han representado) bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores." Pancracio: "¿Y agora tiene vuesa merced algunas?" Miguel: "Seis tengo, con otros seis entremeses." Pancracio: "Pues ¿por qué no se representan?" Miguel: "Porque ni los actores me buscan, ni yo los voy á buscar á ellos." Pancracio: "No deben de saber que vuesa merced las tiene." Miguel: "Sí saben, pero como tienen sus poetas paniaguados y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo. Pero yo pienso darlas á la estampa para que se vea despacio lo que pasa apriesa, y se disimula ó no se entiende cuando la representan. Y las comedias tienen sus razones y tiempos, como los cantares." Hasta aquí Cervantes, cuyo coloquio fué un como prólogo echadizo, que anticipó al libro que publicó el año siguiente con este título: Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados, compuestos por Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por la viuda de Alonso Martín. Año 1615, en 4.°.
174. Llegó Cervantes á tan miserable estado de pobreza, que por no tener caudal para imprimir este libro, le vendió á Juan Villarroel, á cuyas costas se imprimió. Los nombres de estas comedias son los siguientes: El gallardo español, La casa de los celos, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran sultana, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas. Entremeses: El juez de los divorcios, El rufián viudo, Elección de los Alcaldes de Daganzo, La guarda cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso. El entremés segundo y tercero están escritos en verso, los demás en prosa. Como esta especie de composición es una viva representación de cualesquiera acciones remedadas de suerte que parezcan ridículas, siempre los entremeses parecen mejor representados que leídos. Y así Lope de Rueda, que viviendo embelesaba á los mirones, leído en los "entremeses" que publicó Juan de Timoneda, famoso valenciano y escritor plausible en su tiempo, da poquísimo gusto.
175. Las comedias de Cervantes, comparadas con otras más antiguas, son mucho mejores, exceptuando siempre la de Calisto y Melibea, conocida por el nombre de Celestina, alcahueta tan infame como famosa por el incierto autor que primero la ideó y empezó á dibujar y colorir, porque el bachiller Fernando de Rojas, que la dió fin, no pudo igualar al primer inventor. Después de Cervantes se han compuesto comedias de mayor invención que las griegas (porque los cómicos latinos Plauto y Terencio sólo imitaron), pero de arte mucho inferior. El que dudare esto, infórmese primero de la suma dificultad que tiene el arte cómico, leyendo á Aristóteles en su Poética, y si no puede entenderla, á don Jusepe Antonio González de Salas, en su eruditísima Ilustración á la Poética de Aristóteles. Pero para que el lector quede más bien informado de lo que deben á Cervantes los teatros de España, oigámosle á él como á cronista en estos reinos. En el prólogo que hizo á sus Comedias, dice así: "No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas á ellas concernientes, y de tal manera las sutilizaron y atildaron, que á mi parecer vinieron á quedar en punto de toda perfección. Tratóse también de quién fué el primero que en España las sacó de mantillas y las puso en toldo, y vistió de gala y apariencia. Yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda. Varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fué natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro. Fué admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces, ni después acá, ninguno le ha llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos ahora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho. Y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo de este célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos, guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras, y cuatro cayados, poco más ó menos. Las comedias eran unos coloquios como églogas entre dos ó tres pastores y alguna pastora. Aderezábanlas y dilatábanlas con dos ó tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno, que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, á pie ni á caballo. No había figura que saliese ó pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro ó seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos. Ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles ó con almas. El adorno del teatro era una manta vieja tirada con dos cordeles de una parte á otra, que hacía lo que llaman vestuario; detrás de la cual estaban los músicos cantando, sin guitarra, algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la Iglesia Mayor de Córdoba (donde murió) entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López. Sucedió á Lope de Rueda, Naharro, natural de Toledo, el cual fué famoso en hacer la figura de rufián cobarde. Este levantó algún tanto más el adorno de las comedias, y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles. Sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza; é hizo que todos representasen á cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos ú otras figuras, que pidiesen mudanza de rostro. Inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está ahora; y esto es verdad que no se me puede contradecir (y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza), que se vieron en los teatros de Madrid representar los Tratos de Argel, que yo compuse, La destrucción de Numancia y La batalla naval, donde me atreví á reducir las comedias á tres jornadas, de cinco que tenían. Mostré (ó por mejor decir) fuí el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes. Compuse en este tiempo hasta veinte comedias ó treinta, que todas ellas se recitaron, sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos, ni de otra cosa arrojadiza. Corrieron su carrera sin silvos, gritas ni barahundas. Tuve otras cosas en que ocuparme. Dejé la pluma y las comedias. Y entró luego el Monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su jurisdicción á todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas; y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos; y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, ú oído decir (por lo menos) que se han representado. Y si algunos (que hay muchos) han querido entrar á la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito á la mitad de lo que él solo. Pero no por esto (pues no lo concede Dios todo á todos) dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope. Estímense las trazas artificiosas en todo extremo del licenciado Miguel Sánchez; la gravedad del doctor Mira de Mescua, hombre singular de nuestra nación; la discreción é innumerables conceptos del canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillem de Castro; la agudeza de Aguilar; el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara; y las que ahora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza; y las que prometen las fullerías de amor de Gaspar de Ávila; que todos éstos, y otros algunos, han ayudado á llevar esta gran máquina al gran Lope. Algunos años ha que volví yo á mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví á componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño. Quiero decir, que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía. Y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso nada. Y si va á decir la verdad, cierto que me dió pesadumbre el oirlo, y dije entre mí: Ó yo me he mudado en otro, ó los tiempos se han mejorado mucho, sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos. Torné á pasar los ojos por mis comedias y por algunos entremeses míos, que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor, á la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme, y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en estampa, como aquí te las ofrece. El me las pagó razonablemente. Yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, ó á lo menos, razonables. Tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando á aquel mi maldiciente autor, dile que se enmiende, pues yo no ofendo á nadie; y que advierta, que no tienen necedades patentes y descubiertas; y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser de los tres estilos el ínfimo; y que el lenguaje de los entremeses es propio de las figuras que en ellos se introducen; y que para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo: El engaño á los ojos, que (si no me engaño) le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud, y á mí paciencia."
176. Esta es la historia de los progresos de la cómica española. Había sido Cervantes el que más la había adelantado; y, para perfeccionarla más, quiso darnos un ejemplo de una gran "tragicomedia" escrita en prosa. Muchos años había que estaba meditando y escribiendo Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Habíalos ofrecido en varias ocasiones. En el prólogo de sus Novelas, hablando de éstas, dijo: "Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco Los trabajos de Persiles, libro que se atreve á competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza. Y primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de Don Quijote y donaires de Sancho Panza. Y luego Las semanas del jardín. Mucho prometo con fuerzas tan pocas como las mías. Pero ¿quién pondrá rienda á los deseos?" La continuación de la historia de Don Quijote salió, como vimos, el año 1616. En su dedicatoria al conde de Lemos, fecha en Madrid el último de Octubre de 1615, llegó Cervantes á decir esto: "Con esto me despido, ofreciendo á V. E. Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro á quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser ó el más malo ó el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento. Y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible. Venga V. E. con la salud[261] que es deseado, que ya estará Persiles para besarle las manos y yo los pies, como criado que soy de V. E." En efecto, Cervantes acabó de escribir Los trabajos de Persiles y Sigismunda, pero antes que salieran á luz acabó la muerte con él.
177. Su enfermedad fué tal, que él mismo pudo ser y fué su historiador. Y porque no tenemos otro, y refiere todas las cosas con tanta gracia, veamos lo que dejó escrito en el fin del prólogo que pensaba hacer, ó sea prólogo entero, empezado ex abrupto, donde dice así: "Sucedió, pues, lector amantísimo, que viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que á mis espaldas venía picando con gran priesa uno que al parecer traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces, que no picásemos tanto. Esperámosle y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparras, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales. Verdad es, no traía más de dos, porque se le venía á un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando á nosotros, dijo: "¿Vuesas mercedes van á alcanzar algún oficio ó prebenda á la Corte? pues allá está su Ilustrísima de Toledo, y su Majestad ni más ni menos, según la priesa con que caminan, que en verdad que á mi burra se le ha cantado el vítor de caminante más de una vez." Á lo cual respondió uno de mis compañeros: "El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa de esto, porque es algo que pasilargo." Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo (que con toda esta autoridad caminaba), arremetió á mí, y acudiendo á asirme de la mano izquierda, dijo: "¡Sí, sí, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas!" Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder á ellas; y así, abrazándole por el cuello, de donde le eché á perder de todo punto la valona, le dije: "Ése es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes; pero no el regocijo de las musas ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced. Vuelva á cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino." Hízolo así el comedido estudiante. Tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado, seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo: "Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará, sin otra medicina alguna." "Eso me han dicho muchos—respondí yo—. Pero así puedo dejar de beber á todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, á más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida." "En fuerte punto ha llegado vuesa merced á conocerme; pues no me queda espacio para mostrarme agradecido á la voluntad que vuesa merced me ha mostrado." "En esto llegamos á la puente de Toledo, y yo entré por ella y él se apartó á entrar por la de Segovia. Lo que se dirá de mi suceso tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decirlo, y yo mayor gana de escucharlo. Tornéle á abrazar. Volvióseme á ofrecer. Picó á su burra y dejóme tan mal dispuesto, como él iba caballero en su burra, quien había dado gran ocasión á mi pluma para escribir donaires. Adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida." La de Cervantes estaba ya en el confín de la muerte. La hidropesía se le agravó. Pero cuanto más le debilitaba el cuerpo, tanto más procuraba él fortalecer su ánimo; y habiendo recibido la Extremaunción para salir victorioso, como atleta cristiano, en la última lucha, esperaba la muerte con ánimo tan sereno, que parece no la temía; y lo que es más de admirar, aún estaba para decir y escribir donaires; de suerte que, habiendo recibido el último Sacramento el día 18 de Abril del año 1616, el día siguiente escribió ó dictó la dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, citando coplas á su patrón el conde de Lemos, para quien dejó escrita la siguiente dedicatoria: "Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: "Puesto ya el pie en el estribo", quisiera yo no vinieran tan á pelo en mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar, diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran señor, ésta te escribo.
"Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies á V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver á V. E. bueno en España, que me volviese á dar la vida; pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y, por lo menos, sepa V. E. este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. E. Regocíjome de verle señalar con el dedo y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de V. E. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si á dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien se está aficionado V. E. Y con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios á V. E. como puede. De Madrid, á 19 de Abril de 1616 años. Criado de V. E., Miguel de Cervantes."
178. Don Tomás Tamayo de Bargas, movido de la fecha de esta carta, escribió en la Continuación del Euquiridión de los tiempos, de fray Alonso Venero, que Miguel de Cervantes Saavedra murió el mismo día diez y nueve; pero de un libro de entierros que se conserva en Madrid, en la iglesia parroquial de San Sebastián, consta que murió en la calle de León, el día veintitrés de Abril del referido año 1616, habiendo mandado que le enterrasen en el convento de las monjas Trinitarias y dejado por testamentaria suya á su mujer, doña Catalina de Salazar, á la cual, en el día 24 de Septiembre de dicho año, se concedió licencia para imprimir Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que salieron á luz con este título: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, por Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por Juan de la Cuesta. Año 1617. En 4.º Dentro de pocos años los tradujo en italiano Francisco Elío, milanés, y salieron impresos en Venecia de la oficina de Bartolomé Fontana. Año 1626, en 8.º
179. En la primera impresión hay dos epitafios, tales, que para su duración merecían grabarse en bien ligero corcho. El uno es un soneto de Luis Francisco Calderón, que no contiene cosa particular. El otro es una décima, que por el raro pensamiento de quien la hizo se trasladará aquí al pie de la letra.
180. "De don Francisco de Urbina á Miguel de Cervantes, insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos, á quien llevaron los Terceros de San Francisco á enterrar con la cara descubierta, como á Tercero que era.