Desta manera andaba la poesía
De uno en otro, haciendo que hablase,
Este, latín, aquél, algarabía.
En otra parte[251] introduce á un poeta mal contento reprendiendo al nuestro porque sin mérito había canonizado á tantos. Las palabras del poetastro son éstas:
Oh tú (dijo) traidor, que los poetas
Canonizaste de la larga lista
Por causas y por vías indirectas:
¿Dónde tenías, Magancés, la vista
Aguda de tu ingenio, que así ciego
Fuiste tan mentiroso coronista?
Yo te confieso, oh bárbaro, y no niego,
Que algunos de los muchos que escogiste
(Sin que el respeto te forzase ó ruego)
En el debido punto los pusiste;
Pero con los demás, sin duda alguna
Pródigo de alabanzas anduviste.
170. Á cuyo cargo satisfizo con decir que Mercurio le había dado aquella lista y que tocaba á Apolo, como á dios de la Poesía, darles los puestos que pedían sus ingenios y habilidad.
171. También es este Viaje un "memorial" de Miguel de Cervantes Saavedra; y como los hombres desvalidos, aunque modestos, se ven obligados á referir sus méritos, porque no tienen otros que los cuenten, introduce dos coloquios suyos, uno con Mercurio, á quien fingió la mitología mensajero de los dioses, y otro con Apolo, soberano protector de las ciencias, y en uno y otro dijo Cervantes lo que convenía que supiese y premiase el rey de España por medio de su privado, que los que lo son tienen obligación de referir á sus amos los que merecen premio ó castigo, so pena de condenarse á sí propios á una infamia perpetua. El primer coloquio, con Mercurio, dice así:
Mandóme el dios parlero luego alzarme,
Y con medidos versos y sonantes,
Desta manera comenzó á hablarme:
"¡Oh Adán de los poetas! ¡oh Cervantes!
¿Qué alforjas, y qué traje es éste, amigo,
Que así muestra discursos ignorantes?"
Yo, respondiendo á su demanda, digo:
"Señor, voy al Parnaso, y como pobre
Con este aliño mi jornada sigo."
Y él á mí dijo: "¡Oh sobrehumano, y sobre
Espíritu cilenio levantado!
Toda abundancia y todo honor te sobre.
Que en fin has respondido á ser soldado
Antiguo y valeroso, cual lo muestra
La mano de que estás estropeado.
Bien sé que en la naval, dura palestra,
Perdiste el movimiento de la mano
Izquierda, para gloria de la diestra.
Y sé que aquel instinto sobrehumano
Que de sano inventor tu pecho encierra
No te le ha dado el padre Apolo en vano.
Tus obras los rincones de la tierra
(Llevándolas en grupa Rocinante)
Descubren, y á la envidia mueven guerra.
Pasa, raro inventor, pasa adelante
Con tu sotil designio, y presta ayuda
Á Apolo, que la tuya es importante.
Antes que el escuadrón vulgar acuda
De más de siete mil sietemesinos
Poetas, que de serlo están en duda.
Llenas van las sendas y caminos
Desta canalla inútil contra el monte,
Que aun de estar á su sombra no son dinos.
Ármate de tus versos luego, y ponte
Á punto de seguir este viaje
Conmigo y á la gran obra disponte.
Conmigo segurísimo pasaje
Tendrás, sin que te empaches, ni procures
Lo que suelen llamar matalotaje."
172. El razonamiento que Cervantes hizo á Apolo fué con ocasión de verse en el Parnaso, siendo el único que no tenía asiento en él, aludiendo á la desestimación que se hacía de su ingenio, habiendo sido el que en su tiempo empezó á levantar la Poesía. Como en este razonamiento dijo Cervantes de sí propio muchas cosas, es preciso copiarlo. Dice así[252]:
Suele la indignación componer versos;
Pero si el indignado es algún tonto,
Ellos tendrán su todo de perversos.
De mí yo no sé más, sino que pronto
Me hallé para decir en tercia rima
Lo que no dijo el desterrado al Ponto.
Y así le dije á Delio: "No se estima.
Señor, del vulgo vano el que te sigue
Y al árbol sacro del laurel se arrima.
La envidia y la ignorancia le persigue,
Y así envidiado siempre y perseguido,
El bien que espera por jamás consigue.
Yo corté con mi ingenio aquel vestido
Con que al mundo la hermosa Galatea
Salió para librarse del olvido.
Soy por quien La Confusa nada fea
Pareció en los teatros admirable,
Si esto á su fama es justo se le crea,
Yo con estilo en parte razonable
He compuesto "comedias", que en su tiempo
Tuvieron de lo grave y de lo afable.
Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
Al pecho melancólico y mohino
En cualquiera sazón, en todo tiempo.
Yo he abierto en mis Novelas un camino
Por do la lengua castellana puede
Mostrar con propiedad un desatino.
Yo soy aquél que en la invención excede
Á muchos, y al que falta en esta parte,
Es fuerza que su fama falta quede.
Desde mis tiernos años amé el arte
Dulce de la agradable poesía.
Y en ella procuré siempre agradarte.
Nunca voló la pluma humilde mía
Por la región satírica, bajeza
Que á infames premios y desgracias guía.
Yo el "soneto" compuse que así empieza,
Por honra principal de mis escritos:
"Voto á Dios, que me espanta esta grandeza."
Yo he compuesto "romances" infinitos,
Y el de los Celos es aquél que estimo,
Entre otros que los tengo por malditos.
Por esto me congojo y me lastimo
De verme solo en pie, sin que se aplique
Árbol que me conceda algún arrimo.
Ya estoy, cual decir suelen, puesto á pique
Para dar á la estampa al gran Persiles,
Con que mi nombre y obras multiplique.
Yo en pensamientos castos y sotiles,
Dispuestos en soneto de á docena,
He honrado tres sujetos fregoniles.
También al par de Filis mi Filena
Resonó por las selvas, que escucharon
Más de una y otra alegre cantilena.
Y en dulces varias rimas se llevaron
Mis esperanzas los ligeros vientos,
Que en ellos y en la arena se sembraron.
Tuve, tengo y tendré los pensamientos,
Merced al cielo que á tal bien me inclina,
De toda adulación libres y exentos.
Nunca pongo los pies por do camina
La mentira, la fraude y el engaño,
De la santa virtud total ruina.
Con mi corta fortuna no me ensaño,
Aunque por verme en pie, como me veo,
Y en tal lugar, pondero así mi daño.
Con poco me contento, aunque deseo
Mucho." Á cuyas razones enojadas,
Con estas blandas respondió Timbreo:
"Vienen las malas suertes atrasadas,
Y toman tan de lejos la corriente,
Que son temidas, pero no excusadas.
El bien les viene á algunos de repente,
Á otros poco á poco y sin pensallo,
Y el mal no guarda estilo diferente.
El bien que está adquirido, conservallo
Con maña, diligencia y con cordura,
Es no menor virtud que el granjeallo.
Tú mismo te has forjado tu ventura,
Y yo te he visto alguna vez con ella,
Pero en el imprudente poco dura.
Mas si quieres salir de tu querella,
Alegre, y no confuso, y consolado,
Dobla tu capa, y siéntate sobre ella.
Que tal vez suele un venturoso estado,
Cuando le niega sin razón la suerte,
Honrar más merecido, que alcanzado."
"Bien parece, señor, que no se advierte,
(Le respondí), que yo no tengo capa."
Él dijo: "Aunque sea así, gusto de verte.
La virtud es un manto con que tapa
y cubre su indecencia la estrecheza
Que exenta y libre de la envidia escapa."
Incliné al gran consejo la cabeza,
Quedéme en pie; que no hay asiento bueno,
Si el favor no le labra, ó la riqueza.
Alguno murmuró, viéndome ajeno
Del honor que pensó se me debía,
Del planeta de luz y virtud lleno.
173. Miguel de Cervantes Saavedra dice en este "memorial" que su pluma nunca voló por la región satírica, queriendo decir que nunca hizo libelos infamatorios. Pero ésta es una "sátira" muy penetrante, que en cualquiera pecho que no sea inhumano excita la misericordia de ver desvalido un ingenio, de quien hizo juicio el sabio crítico Pedro Daniel Huet[253], que debe contarse entre los ingenios más aventajados que ha tenido España, y conmueve al mismo tiempo la indignación contra los que, teniendo á vista su mérito, no le premiaron según debían. Yo no lo extraño, porque el P. Juan de Mariana, honra inmortal de la Compañía de Jesús, escribiendo á Miguel Juan Vimbodi[254], natural de la villa de Onteniente en el reino de Valencia, que á la sazón se hallaba en corte romana sirviendo de secretario al cardenal P. Agustín de Espínola, arzobispo de Santiago, le dice: "Aquí se echa menos á cada paso la cultura de las letras humanas. Como no se ofrecen por ellas premios algunos, ni tampoco honra, están abatidas miserablemente. Las que dan que ganar, se estiman. Esto es lo que pasa entre nosotros. Y es que, como casi todos valoran las artes por la utilidad y ganancia, tienen por inútiles las que no reditúan." No era el P. Mariana uno de aquellos lisonjeros en todos tiempos tan frecuentes, que sólo secreteando y con grandes misterios dicen las verdades. Quejándose de lo mismo no menos que con Felipe III, le dijo á vista de todo el mundo[255]: "¿Mas qué maravilla, pues ninguno por este camino se adelanta? Ningún premio hay en el reino para estas letras. Ninguna honra, que es la madre de las artes." Algunos ánimos viles, que reconociendo las virtudes ajenas se atormentan envidiándolas y se enfurecen de que los mismos que las tienen las acuerden para ser remunerados, interpretarán como arrogancia aquellas justísimas quejas en que prorrumpió Cervantes. Pero él pudiera decir lo que en ocasión semejante el igualmente desfavorecido que erudito don José Pullicer[256]: "Y no sin justificación. Porque no se debe negar al estudioso lo que es lícito al militar. Á cualquier soldado le es permitido recapitular con verdad los servicios, ocasiones y trances en que intervino; y ésta fué virtud, no soberbia, cuando en Roma se merecían los anillos militares y las guirnaldas, murales y cívicas, los trofeos y triunfos públicos. Así no se debe atribuir á adulación, que yo haga alarde de operaciones y de honores, cuando la ignorancia y la maledicencia dan motivo á ello con injurias y calumnias, también públicas. Si yo mintiese en ello, fuera crimen. Pero, por mi verdad, sería ligereza, siendo yo vivo, permitir la relación de lo que he llegado á obtener á otra pluma." Así lo practicaron los mayores hombres de España, don Antonio Agustín, Jerónimo de Zurita, el doctor Benito Arias Montano, el maestro fray Luis de León, el padre Juan de Mariana, don Nicolás Antonio, don Juan Lucas Cortés. Y por decirlo en una palabra, ¿qué hombre grande no lo ha practicado así en su caso y lugar? Mengua del saber llamó San Pablo[257] á las alabanzas de sí propio, pero mengua á que tal vez suele obligar la injusticia ajena. En Cervantes eran desahogo del justo sentimiento de su desfavor, y muy tolerables atendiendo su genio, pues como dijo él mismo[258]:
Jamás me contenté, ni satisfice
De hipócritas melindres. Llanamente
Quise alabanzas de lo que bien hice.