163. De las ideas torpes de los vicios, representándolos agradables, como dicen que lo hacían las antiguas y bien perdidas "novelas sibaríticas", y se ve hoy en las "milesias", no quiso Cervantes dejarnos ejemplo por no darle malo.
164. Pero para que no nos faltase alguna idea de la "fábula sáltica", si es que debe llamarse así la que se dice que inventó ó á lo menos compuso nuestro español Luciano, nos la dejó en La gitanilla y en La ilustre fregona, como también de la "psáltica", que podemos llamar "cantar" ó "romance", de cuya especie compuso, según él dice, infinitos[236], entre los cuales habría muchos ciertamente correspondientes á la grandeza de su ingenio, y yo (aunque por conjetura) pudiera aquí señalar algunos, y especialmente el que empieza: "En la corte está Cortés", que me agrada mucho.
165. El diestro inventor, como Cervantes, sabe hacer una agradable mezcla de todas estas especies de fábulas, así en lo que toca á los caracteres de las personas y costumbres, como al estilo, apropiándole al sujeto de que se trata. Y á esto aludió el canónigo de Toledo, esto es, el mismo Cervantes, cuando dijo[237]: "Que con todo cuanto mal había dicho de tales libros (esto es, de los "noveleros") hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían, para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo, por donde, sin empacho alguno, pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, reencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso, con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente, previniendo las astucias de sus enemigos, y elocuente orador, persuadiendo ó disuadiendo á sus soldados; maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando, ahora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de Estado. Y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialo, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón, y finalmente todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto á un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos; y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible á la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que después de acabada tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada de estos libros da lugar á que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico y cómico con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede escribirse en prosa como en verso." "Así es como vuesa merced dice, señor canónigo—dijo el cura—, y por esta causa son más dignos de reprensión los que hasta aquí han compuesto semejantes libros, sin tener advertencia á ningún buen discurso, ni el arte y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son en verso, los dos príncipes de la poesía griega y latina." "Yo á lo menos—replicó el canónigo (el cual ya he dicho que es Cervantes)—he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado, y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas; y para hacer la experiencia de si correspondían á mi estimación, las he comunicado con hombres apasionados de esta leyenda, doctos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oir disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación." Entre estos ignorantes no debió consultar al censurador aragonés, el cual debía haber hecho reflexión de que quien así sabía los preceptos del arte de novelar, tomando la pluma procuraría ajustarse á ellos. En mi juicio, las novelas de Cervantes son las mejores que se han escrito en España, así por la agudeza de su invención y honestidad de costumbres, como por el arte con que se dispusieron y la propiedad y dulzura de estilo con que están escritas.
166. Un año después que publicó las Novelas dió á luz un librito que intituló Viaje del Parnaso, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, dirigido á don Rodrigo de Tapia, caballero del hábito de Santiago, hijo del señor Pedro de Tapia, oidor del Concejo real y consultor del Santo Oficio de la Inquisición suprema. En Madrid, por la viuda de Alonso Martín, año 1614, en 8.º.
167. Cervantes se preció mucho de la invención de este libro. Yo juzgo que es más ingeniosa que agradable. Pero no por eso me atreveré á llamar á su autor mal poeta, como don Esteban Manuel de Villegas dijo que lo era, escribiendo al doctor Bartolomé Leonardo de Argensola[238]:
Irás del Helicón á la conquista
Mejor que el mal poeta de Cervantes,
Donde no le valdrá ser quijotista.
En cuyo terceto aludió á lo que había dicho Cervantes[239], que los dos hermanos Leonardo, Lupercio y Bartolomé, no habían ido al Parnaso á dar la batalla á los malos poetas porque estaban ocupados en Nápoles en el obsequio debido al conde de Lemos. Villegas, pues, torció el sentido de Cervantes, convirtiendo en sátira de aquellos grandes ingenios el no haber ido al Parnaso, cuando ellos se alegrarían de que cediese eso en gloria del conde, su protector, y más sabiendo que Cervantes hacía de sí el justo aprecio, pues aun siendo mozos los alabó muchísimo en su Galatea[240] y después en el mismo Viaje del Parnaso, llegando á decir[241] en el lance más apretado de la batalla:
Quiso Apolo indignado echar el resto
De su poder y de su fuerza sola,
Y dar al enemigo fin molesto.
Y una sacra canción, donde acrisola
Su ingenio, gala, estilo y bizarría
Bartolomé Leonardo de Argensola,
Cual si fuera un petrarte Apolo envía
Adonde está el tesón más apretado,
Más dura y más furiosa la porfía.
Cuando me paro á contemplar mi estado,
Comienza la canción[242], que Apolo pone
En el lugar más noble y levantado.
168. Y lo que más es de admirar (en prueba de la rectitud del juicio de Cervantes), es que alababa á los Leonardo, hallándose quejoso de ellos porque no hacían con el conde de Lemos los buenos oficios que le habían prometido[243]. Don Esteban Manuel de Villegas, que sabía esto, por lisonjear á Bartolomé Leonardo torció el pensamiento de Cervantes, y haciendo comparación de uno y otro, prefirió á Bartolomé. De cuya censura no se puede hacer buen juicio, si no se habla con distinción, según las especies de poesías. Porque en las coplas de arte menor es maravilloso el juicio y gravedad de Hernán Pérez de Guzmán y de don Jorge Manrique: como también el ingenio, discreción y gracia de don Juan Manuel, Hernán Megía, Gómez Manrique, Luis Bivero, Suárez, el Comendador Ávila, don Diego de Mendoza y de otros muchísimos, cuyos pensamientos fueron agudísimos y sus expresiones tan graciosas como nobles. Es admirable la festividad de Castillejo; la urbanidad de Luis Gálvez de Montalvo; el natural decir de todos éstos, castizo, inteligible y de todas maneras agradable. Garcilaso de la Vega es el único maestro de las églogas. De la comedia y tragedia hablo yo en otra parte. De la poesía lírica es príncipe el que lo fué de Esquilache, don Francisco de Borja, á quien aventajó en erudición don Luis de Góngora, pero aunque hizo versos felicísimos é inimitables, no supo igualarle en la observación del arte y pureza del estilo. La sátira y poesía heroica empezaron tarde en España. El doctor Bartolomé Leonardo de Argensola guardó en aquélla el rigor del arte, como hombre versadísimo en los tres satíricos latinos, Horacio, Juvenal y Persio, á quienes más copió que imitó. Don Francisco de Quevedo observó menos el arte y fué más libre en la reprensión. En todo manifestó su gran ingenio, pero en la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita á don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento, nos dió á entender que si no hubiera querido dejarse llevar de su genio, hubiera excedido á los mayores satíricos que ha tenido el mundo. Respecto de la poesía heroica, más quiero que se lea el juicio de Cervantes que el mío. Introduce al bachiller Sansón Carrasco, hablando de los famosos poetas que había en España, y refiere[244] "que decían, que no eran sino tres y medio". El mismo Cervantes nos dirá cuáles son éstos. Haciendo el cura y el barbero el escrutinio de los libros, dijo el barbero[245]: "Aquí vienen tres todos juntos: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austriada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano. Todos esos tres libros—dijo el cura—son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia. Guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España." El medio poeta entiendo yo que era el mismo Cervantes, pues en boca de Don Quijote dijo de sí mismo[246]: "Á fe que debe de ser razonable poeta, ó yo sé poco del arte." Y con razón; porque según el testimonio del mismo Mercurio[247], fué raro inventor, y la invención es la parte que anima la poesía. En aquello mismo que inventa suele guardar la debida puntualidad y el común decoro[248]. Pero como no tenía ni la profunda erudición que requiere la poesía heroica, ni su genio festivo podía atarse á los rigorosos preceptos de una arte tan seria, con cuerda modestia no se atrevió á llamarse poeta entero. Y en efecto no dió muestras de serlo, ni en el Canto de Calíope[249] ni en el Viaje del Parnaso.
169. Este último libro (escrito á imitación de César Caporal), á primera vista, parece una laudatoria de los poetas de su tiempo; pero, realmente, es una sátira contra ellos. Y por eso está escrito en tercetos. El intento del autor se descubre en varias partes. En una, dice[250]: