7. Quede, pues, por asentado que Madrid fué la patria de Miguel de Cervantes Saavedra, y también el lugar de su habitación. El mismo Apolo dió las señas de ésta en el sobrescrito de una graciosa carta, que dice así:[6] "Á Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solía vivir el Príncipe de Marruecos, en Madrid. Al porte medio real, digo diez y siete maravedís." Y parece que su habitación no era muy acomodada, pues en el fin de la descripción de su viaje dijo:
Fuime con esto, y lleno de despecho
Busqué mi antigua y lóbrega posada.
8. Nació Miguel de Cervantes Saavedra el año 1549, según se colige de esto que escribió[7] el día 14 de Julio del año 1613: "Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida; que al cincuenta y cinco de los años, gano por nueve más, y por la mano." "Por la mano" entiendo yo la anticipación de algunos días; de manera que, en mi sentir, nació en el mes de Julio; y cuando escribía eso tenía sesenta y cuatro años y algunos días.
9. Desde sus primeros años tuvo grande afición á los libros; de suerte que, hablando de sí, dijo:[8] "Yo soy aficionado á leer aunque sean los papeles rotos de las calles." Amó muchísimo las buenas letras, y totalmente se aplicó á los libros de entretenimiento, como son las novelas y todo género de poesía, especialmente de autores españoles é italianos. En estos géneros de letras fué su erudición consumadísima, como lo manifiesta el donoso y grande escrutinio de la librería de Don Quijote[9]; las frecuentes alusiones á las historias fabulosas; los exactísimos juicios de tantos poetas[10] y su Viaje del Parnaso.
10. De España pasó á Italia, ó bien para servir en Roma al cardenal Aquaviva, de quien fué camarero[11], ó bien para militar, como militó algunos años, siguiendo las vencedoras banderas de aquel sol de la milicia, Marco Antonio Colonna[12].
11. Fué uno de los que se hallaron en la célebre batalla de Lepanto, donde perdió la mano izquierda de un arcabuzazo[13], ó á lo menos herida de él le quedó inhábil[14]. Peleó como debía un tan buen cristiano y soldado tan valiente. De lo cual él mismo se gloría no sin razón, diciendo muchos años después[15]:
Arrojóse mi vista á la campaña
Rasa del mar, que trujo á mi memoria
Del heroico don Juan la heroica hazaña.
Donde con alta de soldados gloria.
Y con propio valor y airado pecho.
Tuve (aunque humilde)[16] parte en la victoria.
12. Después, no sé cómo ni cuándo, le apresaron los moros y le llevaron á Argel. De aquí coligen algunos que la Novela del cautivo [17] es una relación de las cosas de Cervantes. Y por eso añaden que sirvió en Flandes al duque de Alba, que alcanzó á ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina, y después, hecho ya capitán de Infantería, se halló en la batalla naval, yendo con su compañía en la capitana de Juan Andrea, de la cual saltó á la galera de Uchali, rey de Argel, y desviándose ésta de la que había embestido, estorbó que con sus soldados le siguiesen, y así se halló solo entre sus enemigos, herido, sin poder resistir; y en fin, de tantos cristianos victoriosos, sólo él gloriosamente cautivo. Todo esto, y mucho más, refiere de sí el "Cautivo", que es el principal sujeto de la dicha "Novela", el cual, después de la muerte de Uchali Fartax, que quiere decir "el Renegado tiñoso" (porque había sido uno y otro), recayó en el dominio de Azanaga, rey cruelísimo de Argel, el cual le tenía encerrado en una prisión ó casa, que los turcos llaman "Baño", donde encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey como de algunos particulares, y los llaman de "almacén", que es como decir cautivos del Concejo, que sirven á la ciudad en las obras públicas que hace y en otros oficios; y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad, que como son del común y no tienen amo particular, no hay con quien tratar su rescate. Uno de los cautivos que por aquellos tiempos había en Argel, juzgo yo que fué Miguel de Cervantes Saavedra, y tengo para esto una prueba manifiesta en lo que de él dijo el "Cautivo" hablando de las crueldades de Azanaga: "Cada día ahorcaba el suyo, empalaba á éste, desorejaba á aquél, y esto por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de SAAVEDRA, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dió palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez, y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este "soldado" hizo, que fuera parte entreteneros y admiraros harto mejor, que con el cuento de mi historia." Hasta aquí, Cervantes, hablando de sí mismo en boca del otro "cautivo"; de cuyo testimonio consta que sólo fué soldado, y así se llamó en otras ocasiones, y no[18] alférez y capitán, títulos con que se hubiera honrado, á lo menos en el frontispicio de sus obras, si los hubiera tenido. Cinco años y medio fué cautivo, donde aprendió á tener paciencia en las adversidades[19]. Volvió á España, y se aplicó á la cómica. Compuso varias comedias, que se representaron con aplauso, por la novedad del arte y adorno de las tablas, el cual debieron al ingenio y buen gusto de Cervantes los teatros de Madrid. Tales fueron, los Tratos de Argel, La Numancia, La batalla naval, y otras muchas[20], manejando Cervantes el primero y último asunto como testigo de vista. También compuso algunas tragedias, que fueron bien recibidas[21]. Su buen amigo Vicente Espinel, inventor de las décimas, que por él se llamaron "espinelas", le juzgó digno de ponerle en su ingeniosa Casa de la memoria[22], quejándose de la desgracia de su cautividad y celebrando la gracia de su genio poético, en esta octava:
No pudo el hado inexorable avaro,
Por más que usó de condición proterva,
Arrojándote al mar, sin propio amparo
Entre la mora desleal caterva
Hacer, Cervantes, que tu ingenio raro,
Del furor inspirado de Minerva,
Dejase de subir á la alta cumbre,
Dando altas muestras de divina lumbre.
Antes que Espinel, explicó estos mismos pensamientos Luis Gálvez de Montalvo, en uno de los sonetos que preceden á La Galatea, que dice así: