—Pues yo haría una cosa muy sencilla:
En este Negociado somos seis empleados ¿no es verdad? Pues yo dejaría tres, los haría venir por mañana y tarde, y les daría doble sueldo... ¿eh?... ¿Qué tal?
—Muy bien—contestan todos.
—Bueno; pero tú serías de los tres que se fueran ¿eh?—pregunta Gutiérrez.
El Jefe, entrando en su despacho por la puertecilla particular, que daba á un pasillo, puso término á la pintoresca conversación que sostenían los oficiales, y ya no se escuchó en el despacho de éstos más que el rasguear de las plumas sobre el papel.
Gutiérrez y Martínez fueron los únicos que siguieron hablando, en voz baja, pues sabido era que no podían callar en toda la mañana.
El sol, filtrándose penosamente por los no muy limpios cristales de dos ventanas que á un estrecho y negro patio tenía el Negociado, pugnaba inútilmente por llevar un poco de luz y de alegría al interior de aquella lóbrega y pequeña habitación.
Cada empleado tenía junto á su mesa un viejo perchero con dos colgadores: en el inferior colgaban las capas ó gabanes; en el superior, los sombreros. Aquellas prendas, en su mayoría viejas, colgando escurridas y lacias, daban la triste sensación de cuerpos allí ajusticiados.
Jacinto, que hora es ya de que fijemos su personalidad, era un muchacho de veinticinco años, hijo de unos labradores ni mal ni bien acomodados, de la provincia de Cáceres.