—¡Ya nos las buscamos; pero no nos las encontramos!

—Muy bien—ruge Martínez estrechando la mano de Gutiérrez.

—Que hable Montalbo—se atreve á decir Bermúdez, que, tímido como una alondra, no habla nunca, y se limita á formar coro con los demás.

—Yo, señores, pondría remedio á todo esto de una manera muy sencilla—perora Montalbo con voz reposada.

—¡Que lo ponga!

—Sí señor, que lo ponga—dicen Gutiérrez y Martínez, á la vez.

—Pues sí señor que lo pondría... si me dejaran. ¿Me queréis á mí decir para qué nos deja el Estado las tardes libres?

—Para que nos las busquemos. ¿No has oído á Pepe?—contesta Gutiérrez.

—O para que tengamos tiempo de elegir la forma mejor de suicidio—añade su compañero.