Gastadas las economías de Pedro en su entierro, el señor Jaime carecía de recursos; pero no por eso, al pronto, le faltó lo indispensable: los vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo, desvivíanse por atender al pobre viejo... ¡Era tan desgraciado! La una un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aquí le hacían entrar hoy para que comiera caliente; allá apartaban un poco de la cena, y Pepina, la chica mayor de la casa, echaba hacia él acantilado en busca del señor Jaime, para que se lo comiera. Pero poco á poco, y á medida que la terrible impresión que causó la muerte de Pedro se fué borrando de la memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos más, otros menos, todos tenían desgracias que contar; que había que conformarse con ellas, y que ya iba siendo hora de que el señor Jaime se conformara con la suya: ni era el único padre que había perdido á su hijo, ni lo sería. Tenía casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la gana; porque todo aquello de que se moriría de pena allí dentro y demás cosas que decía, no eran más que tonterías; todos tenían casas, y no porque se muriera alguno de la familia se iban los demás á vivir al campo. Tenía una hermosa lancha, que podía vender, ya que él era demasiado viejo para ir solo á pescar; porque todo aquello de no quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo que no podría desprenderse sin perder la vida, no eran más que chocheces de viejo. En el pueblo había muchos que cuando vinieron mal dadas, tuvieron que vender la lancha y todo lo que fué preciso para poder subsistir, y por eso nadie se murió, que precisamente para no morirse es para lo que la vendieron. Y, sobre todo, ¡qué caramba!, ellos eran pobres también y harto hacían con remediarse ellos mismos.
En medio de la indiferencia que por todo sentía, en medio del estado de idiotez en que el viejo cayó, no dejaba de alcanzársele que tenían razón; así, pues, para acabar con las murmuraciones, decidió aceptar el puesto que, para guardar las vacas, le ofreció el alcalde de la aldea, contemporáneo suyo y amigo de la niñez. «Después de todo, ¿qué más podía apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, más nobles que la mayoría de las personas.» Empezó su nueva vida; el pescador trocóse en apacentador de vacas. Todas las mañanas, al amanecer, íbase hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar del día. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca ó ninguna atención prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con frecuencia le ocurría que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el ganado, cansado de esperar, se echaba á dormir en el campo. Más de una vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al muchacho:
—¡Eh, señor Jaime!... ¿Se ha quedado usted dormido ó es que está usted chocho?
Volvía en sí, sobresaltado, el señor Jaime; sonreía dulcemente, por toda respuesta, á las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado volvía á casa, donde aún había de escuchar cosas más desagradables.
Estas y otras causas dieron lugar á que el alcalde le tratara cada vez más áspera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya chiflado y no servía para nada. No recordaba, al hablar y al proceder como lo hacía, que ambos habían jugado juntos siendo niños; no recordaba que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran cariño que se profesaban; por regla general, el corazón del hombre no se acuerda nunca de cuando fué corazón de niño... ¡Qué lástima!
Los pilluelos de la aldea le hacían burla y le tiraban piedras. Él los miraba sin enojo y sonreía, sonreía tiernamente al contemplarlos y no se quejaba de las pedradas que recibía; él también había tenido un niño, un precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna vez habría tirado también piedras contra algún pobre viejo. Pero no; Pedro no había tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre ni él le habían permitido nunca tal desmán.
Un día, no pudiendo ya sobreponerse á la angustia que le dominaba, el señor Jaime, después que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como á un idiota, salióse sigilosamente de ella y se fué á los acantilados, al lado de su querida casita, junto á la cual durmió. ¡Qué consuelo sintió junto á ella! Momentos hubo en que creyó oir rechinar la puerta y que su Carlota y su Pedro salían á buscarle tendiendo sus amorosos brazos para aprisionarle en ellos. ¡Pero todo fué un sueño! Allá abajo estaba la lancha amarrada en su puertecito.
Al otro día, en toda la mañana se movió del mismo sitio. Sentado en el suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas y apoyada en ellos la cabeza, el señor Jaime parecía madurar algún proyecto, alguna resolución extrema. Por la tarde viósele por el campo recogiendo florecillas silvestres, que, más tarde, fué á depositar sobre las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vió orar fervorosamente; al anochecer volvió al acantilado.
V
Serían las doce de la noche, cuando el señor Jaime, con paso vacilante, se acercó á su antigua morada. Con mano temblorosa buscó la llave en uno de los bolsillos de su derrotado pantalón, y no sin gran trabajo, la introdujo en la cerradura, que resistió al primer intento; cedió, por fin, al segundo, y la puerta se abrió, no sin gran escándalo de sus mohosos goznes.