Y el pobre viejo, con voz que la alegría hacía parecer desesperada, empezó á gritar:—«¡Pedro!... ¡Pedro!... Sí, sí; es Pedro, es mi Pedro...»
La Carlota, con su rápido andar, acortaba por momentos la distancia que la separaba del objeto que flotaba en las aguas.
El señor Jaime, abandonando el timón y la vela, saltó por encima de los bancos, hasta la proa de la lancha.
La Carlota, falta del impulso del viento, y sólo con la velocidad adquirida, llegó hasta el cuerpo del infortunado Pedro, que, ahogado, era mecido por el agua, dándole suavemente con la roda, como si quisiera acariciarlo.
El desdichado padre, al ver que aquel cadáver era el de su hijo, el de su Pedro... abrió los brazos y, sin proferir ni una exclamación, cayó de espaldas en la lancha.
La Carlota siguió rozando el cuerpo del pobre Pedro, como si quisiera decirle que estaba allí... que subiera á su bordo para reanudar la marcha...
IV
Desde aquella terrible tarde en que, á hombros, había subido á la casuca á su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pasó él solo velando el cadáver de su hijo; desde que, al día siguiente, le hubo dejado enterrado junto á su madre, el señor Jaime no había vuelto á entrar en su casa, á la cual ya miraba como á panteón de su felicidad. Aquella noche espantosa, el pobre viejo creyó volverse loco, y no aseguramos nosotros que su razón quedara muy completa.
Tampoco volvió á embarcarse en la Carlota; la vela, los remos y el timón fueron trasladados á la habitación que hacía las veces de almacén, y ella fué amarrada en su pequeño puerto, al abrigo de unas elevadas rocas.
Flaco, encorvado, perdidas por completo las energías, aniquilado, en suma, pasaba la mayor parte del día en el pequeño cementerio del pueblo, donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por las noches dábase á vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le rendía, íbase hacia la casuca, se echaba junto á ella y desde allí contemplaba el mar, desde allí miraba á la Carlota, que, amarrada, parecía participar de las tristezas de su dueño. En el bolsillo guardaba la llave de su morada; pero un día que quiso entrar en ella, creyó morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevió á turbar el silencio de muerte que allí dentro reinaba.