—No tenga usted cuidado, que yo le llamaré.

El viejo tumbóse boca arriba en el fondo de la lancha; púsose la boina sobre la cara, y, á los pocos momentos, un rumor sordo, que fué aumentando hasta alcanzar la categoría de formidable ronquido, anunció que dormía como un lirón.


Más de dos horas habían pasado cuando el señor Jaime empezó á rebullir perezosamente. Llamó á su hijo en forma que apenas se le entendía y volvió á quedar inmóvil unos segundos; después incorporóse, como sobresaltado, y, restregándose los ojos, llamó nuevamente:—«Pedro»—dijo pensando que éste se hallaba detrás de él.—«Pedro»—volvió á repetir. Y como Pedro no le contestara ni él oyera ruido alguno á su espalda, volvióse precipitadamente, quedando pálido como el marfil, por la emoción que sufrió: ¡Pedro no estaba en la lancha!

—«¡No está..., no está aquí!»—dijo balbuciendo las palabras.—De pronto, como si un súbito ataque de locura le acometiera, púsose en pie gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

—«¡Pedro!... ¡Pedro!... ¡Pedro!»—Nadie le contestó. Los sollozos le ahogaron en la garganta el nombre de su hijo, de su Pedro... ¡de su Pedrín!—«Ah, maldita mujer... ¡maldita, sí!... ¿Quién tenía la culpa de lo que sucedía, sino ella? Pedro no estaba en la lancha... Pedro se había tirado al mar para matarse, como único medio de olvidar á la causante de sus desdichas... ¡Y él que se había echado á dormir tan tranquilo!... Pero, ¡Dios Santo!... ¿Cómo suponer que Pedro abrigara aquellas intenciones? No, no era posible aquello; no era posible que su hijo se hubiera matado así... de aquella manera... estando junto á su padre. El viejo recorrió afanosamente con la vista todos los rincones de la embarcación buscando un objeto... un papel...; algo, en fin, que aclarara sus dudas horribles.» Una ronca exclamación se escapó de su oprimido pecho, al fijarse en la proa de la lancha: allí, hechas un reguño, vió las ropas de Pedro. Un júbilo inmenso, una alegría delirante hizo temblar al señor Jaime, como un azogado. Abalanzóse sobre aquella prendas, y entre risas y sollozos, entre palabras entrecortadas y suspiros ahogados, las estrechó centra su pecho, besándolas con loco frenesí.—«Ya lo decía yo, ya lo decía... ¡No se ha matado, no!... Si se hubiera tirado al mar para ahogarse, no se hubiera preocupado de quitarse la ropa. El dejarla aquí es indicio de que quiso ponerse en condiciones de poder nadar para llegar á... ¿adónde, Dios, adónde? A tierra, sin duda; ¿pero con qué objeto? ¿Qué idea ha podido sugerirle el recuerdo de esa...? ¿Habrá querido poner en práctica su deseo de ir á Madrid, de escaparse, puesto que en tierra sabe que yo lo vigilo?

Lo que sea, no es aquí donde he de averiguarlo; y si es esto último, como me figuro, quizá todavía nada en dirección á tierra, y en ese caso... pronto le alcanzará la Carlota

El señor Jaime, para no detenerse en levar el ancla, sacó de la cesta de las provisiones un cuchillo de ancha y afilada hoja, y de un tajo cortó el cabo de aquélla; luego hizo virar la lancha con un remo y la Carlota, cabeceando un momento, como caballo que se impacienta, ciñó el viento con la vela y hendió con su afilada proa las tranquilas aguas.

El viejo, entornando los ojos, miraba con creciente ansiedad; pero nada descubría. La distancia á tierra, poco más de una milla, era poca cosa para un nadador como Pedro, y no tenía miedo de que le hubieran faltado las fuerzas; un calambre... tampoco era de temer.—«Sin duda—pensó—que se tiraría al mar en cuanto yo me quedé dormido... y, en ese caso, es seguro que llegó á tierra hace tiempo; que se puso el traje nuevo; que cogió sus ahorros, y que carretera adelante camina ya en busca del ferrocarril.»

Poco faltaba á la Carlota para ganar la costa, cuando el señor Jaime creyó distinguir un objeto informe que se movía á impulsos del agua.—«¿Qué es aquello que se ve allí, Jaime?»—se dijo sintiendo que el corazón le saltaba del pecho.—«Aquello... aquello es... A ver: orza... orza un poco, Jaime... Así... ¡Qué el diablo me lleve si aquello que sube y baja en el agua no es...!»