La pesca, que, como el señor Jaime había dicho, se dió bien, continuó hasta las doce, sin que ni el uno ni el otro hablaran más que lo indispensable.
A las doce en punto se suspendió la pesca; recogiéronse los aparejos y se dispuso el almuerzo.
Todos los esfuerzos que el padre hizo, durante aquél, para entrar en conversación con el hijo, fueron inútiles. Pedro no respondía más que á un tema, y precisamente ese tema era el que su padre no quería tocar de ningún modo.
El pobre enamorado, desde hacía días iba volviéndose cada vez más taciturno y más reservado. Mientras comía, sus ojos miraban hacia tierra. No sabía él, á punto fijo, hacia dónde caía Madrid; pero él miraba hacia allá, muy lejos, y seguramente que alguna vez sus miradas pasarían sobre aquella maldita ciudad en la que se encontraba lo que él más quería en el mundo; porque es lo cierto que, aun viéndose traicionado, aun viéndose insultado y ofendido como se veía, él seguía queriendo á Julia... ¿Por qué no había él de ir á Madrid? ¿Por qué su padre se obstinaba en no dejarle? ¿No tenía el dinero que con tanta alegría y tantos afanes ahorrara para casarse? ¿Qué mejor empleo podía darle que en ir á Madrid, buscar á aquel hombre, arrancarle el corazón y hacérselo añicos, como él lo había hecho con el suyo?
Pedro miraba á su padre cuando aquél no le veía, y después tornaba á reconcentrarse en sí mismo.
Concluído que fué el almuerzo, Pedro dijo á su padre:
—Échese usted á dormir un poco, que yo seguiré pescando.
—Echémonos los dos: el mar duerme también, y tiempo nos queda de sobra para pescar lo que nos falta.
—Yo no tengo sueño, padre; échese usted.
—Bueno; pero no me dejes dormir mucho; ya sabes que no me gusta.