III
El señor Jaime, con una mano empuñaba la caña del timón y con la otra la escota de la vela. Pedro, sentado á proa, de espaldas á su padre, parecía sumido en hondas preocupaciones.
La Carlota saltaba gallarda y airosamente sobre las pequeñas olas que salían á su encuentro. Ocho días había permanecido anclada en su pequeño puerto á causa del temporal, y, al salir nuevamente á la mar, parecía querer demostrar su alegría en sus jugueteos con las olas. Su casco, bien cuidado y pintado de blanco, se inclinaba coquetonamente á impulsos del viento que ceñía su vela triangular. Amanecía dulce y soñadoramente.
Nada hablaban en alta voz los dos pescadores; pero bien podía decirse que en su interior más hablaban que políticos en la oposición.
—«Diablo de muchacho—decíase el padre—, qué fuerte le ha entrado. En mis tiempos no nos enamorábamos así. ¿Que una muchacha nos decía que no? ¡Pues á otra! Bien enamorado estuve yo de la Gabriela, y, sin embargo, pues cuando me dejó plantado por el Bisojo... pues... ¡na! Pasé unos días malos... después vinieron los buenos, me declaré á Carlota, me casé con ella... y bendita sea la hora en que lo hice; que ésta me salió buena, y hay que ver cómo le salió la Gabriela al Bisojo... Pero anda, que ahora, se enamora un muchacho de una mujer... y ya parece que no hay otra en el mundo; ¡cuando hay más que pescados en la mar!»
—Me parece que debemos dar fondo—dijo Pedro, interrumpiendo el soliloquio de su padre.
El señor Jaime miró hacia tierra para orientarse, y después hizo virar la lancha y soltó la escota de la vela. Pedro recogió ésta sujetándola con la misma escota al palo; después arrojó al agua un pesado pedazo de hierro que, sujeto á un cabo, hacía las veces de ancla.
El viejo, entretanto, sacaba de un cesto las liñas que habían de servir para la pesca del calamar; una vez preparadas, se situaron cada uno en una banda y empezaron la tarea que debía durar hasta el anochecer.
—Parece que hoy se da bien—dijo al cabo de un rato el señor Jaime, tirando rápidamente de su aparejo para que no se desengancharan del anzuelo tres hermosos calamares que inútilmente querían defenderse soltando fuertes chorros de tinta.
—Bien hace falta, si hemos de llevar lo que el tío Juan nos ha encargado—replicó Pedro, tirando á su vez de la liña.