—Atranca bien la puerta, Pedro, y acostémonos—dijo el señor Jaime así que hubieron acabado de cenar.

—Mal se nos pone para la pesca...

—Paciencia, hijo, y esperemos; por fortuna, no nos falta con qué.

Aseguró Pedro la puerta con una fuerte tranca, mientras el señor Jaime recorría las ventanas para ver si estaban bien cerradas, y después ambos se recogieron á la habitación que les servía de dormitorio.

Acostados ya, el viejo, haciendo abanico de su boina, apagó el candil que había colgado de un clavo. Un espantoso trueno resonó en el espacio con estridente y prolongado tableteo; al extinguirse éste, se oyó la sirena de un vapor que desesperadamente pedía práctico para ganar el vecino puerto de la capital.

—Muy apurado debe estar ése—dijo el señor Jaime.

—Me parece que no van á poder darle práctico; tendrá que poner proa á la mar y capear el temporal hasta el amanecer—respondió Pedro.

—Dios los ayude.

El señor Jaime, católico ferviente, como buen marinero, dió principio á sus oraciones acostumbradas por el alma de su mujer, item más las que en día de tormenta rezaba por los que estaban en el mar.

Pedro, aunque buen cristiano, como su padre, hacía tiempo que no rezaba por nada ni por nadie; nada había que pudiera apartar su pensamiento de Julia, ni en su imaginación cabía otra idea que la de ir á Madrid.