—Eso... ¡yo me lo sé!
—También lo sé yo; por eso no te dejo. Olvida, Pedro; haz caso de mis consejos, que aunque las mujeres como tu madre sean en el mundo escasas, alguna puede que quede todavía, y tal vez no sea muy difícil encontrarla para ti. Ahí tienes á la Pepita, que es mujer de buena pasta, y es limpia y hacendosa, sin que sea menester mentar lo de que es mujer honrada. Ella cuida de la casa de sus padres, que son viejos, y de sus hermanos, y aún la ves que tiene tiempo para ir al mercado cuando hace falta vender gallinas ó pollos para allegar dineros con que atender á las necesidades de la casa.
—Ya lo sé, padre, ya lo sé; mas para mi ya no hay mujer ninguna en la tierra.
—¡Buena tontería! A los veinte años se olvida todo bien pronto..., y casándote con la Pepilla lo olvidarías mucho antes; conque ánimo y á ello. Tráete tú para acá á la Pepilla, y tráiganos ella después un par de chiquillos; que sea por la costumbre que de ellos tengo ó sea por... lo que sea, seguro estoy que mientras no vengan no saldrá de esta casa la tristeza que la habita desde que murió tu pobre madre.
Dispuesto parecía el señor Jaime á seguir dando consejos; pero abstúvose de hacerlo al ver el poco ó ningún efecto que los anteriores habían causado en Pedro, cuya actitud más parecía de ausente que de presente.
Renunció, pues, el señor Jaime, á seguir predicando en desierto, y dando la última vuelta á las patatas, que ya transcendían á guisadas, las retiró de la lumbre.
—Ponte la mesa, Pedro, que esto ya está, y el comer y el dormir es un gran remedio para toda clase de males.
Sin replicar palabra púsose Pedro á cumplir lo que su padre le había mandado; aunque bien sabía Dios que para él no era de gran necesidad el comer.
Pronto estuvo la mesa dispuesta, porque en ella, que no era mesa sino banco, no había que hacer otra cosa más que poner éste en medio de la habitación, y en él la cazuela con más una libreta, ni muy blanca ni muy tierna; dos cucharas de madera, un cuchillo y un vaso de metal; en el suelo, una botella con vino; por asientos, los dos extremos del banco.
La cena comenzó amenizada por los bramidos del huracán que iba en aumento y que hacía oscilar la luz del candil que alumbraba la habitación, metiéndose dentro por las muchas rendijas que tenía la casuca. Al pie del acantilado, el mar rompía sobre las rocas, escupiendo sobre ellas espumarajos blancos. El cielo, negro, amenazador, empezaba á desplomarse convertido en torrentes de agua; el trueno dejó oir su majestuoso y grandioso retumbar.