—No te lo niego. Pero no es lo malo que lo fuera, sino que llegó á persuadirse de ello. Hermosa era tu madre, como hay pocas, y nunca la oí una palabra que no fuera en alabanza de la hermosura ajena, que nunca reparó en la suya propia; y con ella me casé sin tantos rodeos ni circunloquios como Julia empleaba contigo; y fuí feliz, y á no ser porque á Dios le pareció bien el llevárselos, más de diez hermanos tendrías ahora contigo. Bien es verdad que mujeres de la casta de tu madre, de las que vienen al mundo para hacer la felicidad de aquellos que las rodean, son tan difíciles de hallar como aguja en un pajar; que las más son de la pasta de Julia; de las que se meten por los ojos de un hombre para zambullirse en el corazón y hacer jigote con él; de las que al risueño le vuelven triste, mudo al hablador, pobre al rico; de las que, en fin, truecan y trastornan el mundo de tal manera, que todo lo vuelven patas arriba; y éstas, que, por ser tantas, son casi todas, hablan más que cotorras para decir que son unas esclavas..., y que no hay hombre bueno..., y que ¡quién hubiera nacido con pantalones, en vez de con faldas! Hermosa era Julia; pero estaba demasiado ufana de su hermosura, para que pudiera ser buena; que no hay bueno que de sí mismo se ufane ni envanezca. Bien sabía ella que su cuerpo era gentil y esbelto; que era pequeña su cintura, redondas sus caderas y firme y no escaso su pecho; bien sabía ella que en su cara de virgen había una boca pequeña con labios rojos como cerezas, por entre los cuales asomaban sus dientes iguales, pequeñitos y blancos; que tenía unos ojos grandes y una naricilla bien cortada y fina; que su pelo era negro y tan largo, que las dos trenzas en que lo peinaba le llegaban casi al suelo. No necesitaba ella que nadie le dijera que sus pies eran pequeños como los de una niña, que bien le gustaba bajar á las rocas, para que el mar, acariciándolos mansamente, les quitara la tierra que los manchaba, dejándolos blancos como los copos de la nieve; y por eso que todo lo dicho se lo sabía ella de memoria, algún día hubo de pensar que era mucha su hermosura para entregársela á un pobre pescador.

—Pero ¿qué supone usted, padre, qué supone usted?

—Que ese señorón acertó á ofrecerla lo que ella había soñado, y con él se fué sin tenerle que dar cuentas á nadie; porque, siendo sola en el mundo, nadie tiene que se las tome.

—¿Y yo?

—Tú no eras más que su novio.

—¿No íbamos á casarnos?

—Tanto pensaba ella en casarse contigo, como yo en ser obispo. Desengáñate y piensa que mientras tú estás penando, ellos se estarán divirtiendo.

—¡Porque usted no me ha dejado ir á Madrid!—replicó Pedro apretando los dientes.

—Ni te dejaré... ¡recoles!... ¿Qué ibas á lograr allí?