—Ya lo creo que tiene medios para todo; por eso se llevó á Julia sin necesidad de recurrir á la fuerza.
—Pero ¿es que va usted á suponerla tan mala y tan perversa que se fuera con un hombre al que no hacía más de quince ó veinte días que conocía?
—Eso... que tú supieras, que el tiempo que hacía, ellos se lo sabrían. Pero, de todos modos, ¿te parecen pocos quince ó veinte días para convencer á una mujer, cuando se sabe dar en el quid? Bien pronto daría el señor ese con los argumentos que en Julia habían de hacer mella; no era muy difícil encontrarlos.
—¿Qué quiere usted decir, padre?
—Que Julia no había pensado nunca en ser la mujer de un pescador.
—¿No era mi novia?
—Era tu novia porque sabía muy bien que eres el mejor muchacho de la aldea; te guardó para ella, porque si no lograba cosa más de su gusto, tú eras lo mejor de que aquí podía disponer; pero no porque te quisiera; no había más que observar su modo de mirar, siempre á lo lejos... á lo lejos, para comprender que no eras tú el objeto de sus deseos.
—¿Que Julia no me quería?
—No. Julia no quería á nadie; se quería á sí misma. Aún me parece estarla viendo con aquel aire desdeñoso que tenía para todo el mundo; la niña parecía una diosa.
—Y lo era, padre; por algo nació tan hermosa.