—No puedo olvidarla, padre; ¿qué quiere usted que haga?

—No puedes olvidarla porque no quieres, porque no te lo propones; probaras á ello y ya verías si lo conseguías.

—Me lo he propuesto, padre, me lo he propuesto muchas veces y no he podido conseguirlo; está muy metida en el corazón...

—Voluntad... voluntad... y ¡voluntad!—El señor Jaime, cogiendo una cuchara de palo, se puso á revolver el guiso, que cada vez despedía mejor olorcillo.—Todo es cuestión de voluntad, créeme á mí, Pedro. A estas horas, mientras tú te estás haciendo los sesos agua, á fuerza de pensar en ella, á buen seguro que la chica estará divirtiéndose de lo lindo.

—¡Padre!...

—Pero ¿es posible que sigas creyendo que á Julia se la llevaron á la fuerza? ¿Es posible que en un mes que llevas de cavilar, más que si fueras para sabio, no te hayan venido razones á la cabeza que te demuestren lo contrario?

—No, padre..., ¡no!

—Pues yo te digo y te repito, y no me pesa el decírtelo, aunque te haga daño el oirlo—que lo que daña cura—, que ella se fué por su gusto. ¿Es que así como así se lleva á una persona á la fuerza y se la tiene oculta un mes sin que nadie sepa de ella? ¡Pues floja voz tiene una mujer para gritar... cuando quiere que la oigan!

—Un señorón como ese tiene medios para todo, padre.