Lo prolongado de su vida, la débil construcción y los vendavales y tormentas que en aquella altura sufriera con harta frecuencia, desde largos años, la tenían algo deteriorada; pero á palacio sabíales á sus moradores.

No era de los más pequeños el temporal que en aquella ocasión se debía disponer á resistir, á juzgar por la fuerza del viento, lo encrespada que la mar se iba poniendo y lo ennegrecido que por los nubarrones se hallaba el cielo. Aquella tormenta que se echaba encima por momentos, era la primera de aquel otoño; el verano había terminado á poco de ausentarse Julia.

Decíamos que el señor Jaime se ocupaba alternativamente en mirar á Pedro, en revolver las patatas y atizar la lumbre; pero más justos hubiéramos sido diciendo que no quitaba la vista de su hijo, pues que las dos últimas operaciones hacíalas sin dejar de mirarle.

De tal manera le dolía al pobre viejo verle de aquel modo, que, algunas veces, su rostro bondadoso se contraía de ira, y sus ojos miraban á un punto imaginario, como si amenazaran á un ser invisible.

No pudiendo aguantar más, el viejo rompió el silencio:

—De veras te digo, Pedro, que en la vida podías pensar cosa mejor que la que ahora estás pensando... si es que piensas en olvidar á... esa mujer.

—¿Olvidarla?—contestó Pedro como si volviera de un sueño.—¡Vamos, padre, no diga usted eso!

—Pues... ¡coles!... ¿qué quieres que diga?—masculló el señor Jaime quitando con un brusco movimiento la tapa de metal de la cazuela.—¿Es que quieres pasarte la vida así?

Y al mismo tiempo pegó un fuerte porrazo con la susodicha tapadera en la piedra del hogar, á la par que retiraba la cara para huir la nube de vapor que salía de la cazuela.