Nada vieron al llegar; la casa estaba cerrada como la dejara Pedro; envuelta en la negrura de una noche sin luna, la tristeza que causaba era inmensa; ningún ruido se oía, á no ser el sordo murmullo del mar; nadie había en aquellos contornos.

Tristes y apesadumbrados regresaron padre é hijo á su casa, y previas nuevas recomendaciones y cariñosos consejos del viejo, echáronse en sus respectivos camastros, no sin que antes el señor Jaime, quitara disimuladamente la llave de la puerta y la metiera debajo del suyo.

II

Un mes había pasado desde que Julia desapareció de la aldea.

El señor Jaime, sentado en un banquillo ante el hogar, cuidaba de unas patatas que en él se guisaban. Al quedar viudo tomó para sí el cargo de cocinero, y con él siguió en lo sucesivo.

Pedro, sentado en un montón de cuerdas, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía abstraído en sus pensamientos.

El señor Jaime, tan pronto atizaba la lumbre, como revolvía las patatas ó se quedaba mirando á su hijo.

Sólo se oía en la habitación el gorgoteo de la cazuela.

Aquella casuca en que padre é hijo vivían, fué construída por los abuelos de éste. Estaba sola, en el borde de la costa, sobre un alto acantilado; en su mayoría, había sido construída con vigas y tablas, siendo la cal y el ladrillo los elementos que en menos cantidad habían entrado en su construcción.

Se componía de tres habitaciones: la primera, donde se hallaban en aquel momento, servía de cocina, comedor y portal, todo á un tiempo; las otras dos, que juntas ocupaban un espacio de terreno igual al de la primera, la una servía de dormitorio; la otra fué dedicada á servir de almacén.