El señor Jaime no vivió desde entonces más que para el chiquitín, y ni siquiera le pasó por la imaginación la idea de darle madrastra.

Cuando el niño fué mayorcito, y después que hubo aprendido á leer y escribir en la escuela, lo asoció á su trabajo; desde aquel día fueron siempre juntos á la pesca, con gran alegría del padre, que sólo se sentía feliz al lado de su pequeño Pedrín.

Pedro, por su parte, no tenía más amigos que su padre, y correspondía á su cariño con otro no menos grande. Solamente Julia había logrado hacerse hueco en el corazón del muchacho, y esto había sido en mal hora, según decía el señor Jaime, porque nunca había visto él en aquella muchacha las condiciones que hubiera querido para la que fuera mujer de su hijo; pero tan enamorado vió al chico, que, al fin, hubo de ceder, pensando que ello había de ser á gusto de Pedro, que era el que se casaría, y no de él.

Tan encariñado lo vió con ella, que llegó el momento en que él mismo creyó haberla tomado cariño.

Lo ocurrido vino á demostrar al pobre viejo que no se había equivocado en su juicio sobre la muchacha; y si no fuera por lo mucho que veía sufrir á Pedro, á buen seguro que se alegrara de lo ocurrido; que esto, al fin y al cabo, era dejarlo en libertad.

Aquella noche, Pedro se obstinó en volver á casa de Julia, por si ésta había regresado.

Inútiles fueron las razones que le dió su padre:

—«Si hubiese vuelto, al ver su casa cerrada, ¿á quien iba á recurrir primeramente, si no era á él?»

Todo fué en balde, y el señor Jaime, no queriendo dejar solo á su hijo, se empeñó en acompañarle.