Sobre una mesa de pino vió el cantarillo y la cestita en que Julia llevaba sus mercancías al mercado. Sin poderse contener, sintiéndose dominado por un furor repentino, asió el cántaro con ambas manos y con gran violencia lo estrelló contra el suelo. Cuando aquel ataque de ira se hubo calmado, Pedro, sintiendo honda emoción, miró hacia la segunda estancia, oculta por una cortina de percal rameado.

Con religioso respeto se acercó á aquella cortina, que apartó con mano temblorosa, y, por primera vez, pudo contemplar el dormitorio de Julia. En aquella habitación, como en la primera, todo era pobrísimo; pero todo estaba limpio y aseado, revelándose hasta en los detalles más mínimos, no sólo la mano de una mujer, sino la de una mujer pulcra y atildada hasta la exageración.

Una pequeña cama de hierro, con colcha de percal rameado, como la cortina; á los pies, y colgadas de una percha de madera, algunas ropas; debajo, un viejo y antiguo baúl, y en un rincón un lavabo de hierro con jofaina de hojadelata; esto y una silla con asiento de enea constituía todo el ajuar de la alcoba. Después de breves momentos de éxtasis ante aquellos objetos, para Pedro los más ricos y bellos del mundo, fijó su atención en un hilillo rojo que se destacaba sobre la nívea blancura de la almohada; se acercó y lo tomó en sus manos; era su collar, el collar de corales que días antes regalara á Julia. Su primer impulso fué hacerlo añicos, pisotearlo, hacerlo polvo; pensó después llevárselo...; por último, resolvió dejarlo nuevamente donde lo hallara.

El pobre Pedro sentíase desfallecer, la angustia subía poco á poco del corazón á la garganta y allí formaba un nudo que le ahogaba. No pudiendo resistir más salió, lentamente de aquella habitación á la primera; cogió la llave de la puerta de la casa, que sobre la mesa de pino estaba, y salió cerrando con dos vueltas. «Si vuelve—pensó—, no podrá entrar y...»

Andando muy despacio, con la cabeza baja y las manos cruzadas á la espalda, encaminóse hacia su casa, situada al otro extremo de la aldea. ¡Aun buscaba la explicación menos grave á tan desdichado suceso!

Cuando llegó á su casa, el señor Jaime no estaba en ella; miró al fondeadero en que anclaban á la Carlota, la lancha que tenían para la pesca, y lo vió que, sentado en uno de los bancos, se ocupaba en achicarla.

Una vez terminada la operación, el viejo marinero encaramóse de peña en peña hasta llegar á lo alto del acantilado. Al ver á su hijo en tan triste estado, sintió gran inquietud; pero cuando supo lo ocurrido, se limitó á mover la cabeza como si quisiera decir: «Si no era eso, una cosa parecida era lo que yo me estaba esperando hace tiempo.» Después procuró por todos los medios hacer entrar en razón á Pedro; pero todo fué inútil: Pedro estaba desesperado.

Sentáronse á cenar, y la cena quedó intacta; ni el uno ni el otro pudieron atravesar bocado.

Era el señor Jaime de pequeña estatura y muy enjuto de cuerpo. Había cumplido los sesenta y seis; pero los llevaba tan bien, que apenas representaba cincuenta. Su cara, de la cual era fiel reflejo la de Pedro, respiraba simpatía; usaba sotabarba, que, al igual del pelo, había ya encanecido por completo. Vestía pantalón de paño obscuro, camisa de rayas blancas y negras, desabrochada, y una faja azul que le daba múltiples vueltas á la cintura.

A los veintitrés años se había casado con Carlota, chica buena, como pocas, que le dió un hijo todos los años; hijo que, por desgracia, Dios se encargaba de quitárselo al siguiente del nacimiento, causando la desesperación de los padres, que, al fin, y después de mucho rogarlo, lograron conservar el último, que fué Pedro. Al cumplir éste los siete años, murió la madre.