—No. Yo estaba allí—dijo el chico señalando un sitio algo distante.
—¡Ira de Dios!—exclamó Pedro, soltando al muchacho y levantando los puños en alto.
Pascual, al verse suelto, pegó un brinco, y sin aguardar á que le dieran la perra prometida, echó á correr como alma que lleva el diablo, sin parar hasta la tienda de comestibles que había en la aldea, en la que, con la primera perra que le diera Pedro, se compró higos, que era el manjar de su predilección.
Pedro, ni se dió cuenta de la desaparición de Pascual. Sentado en la piedra, con los codos apoyados en las rodillas y la cara hundida entre las manos, lloraba como un chico; vertía lágrimas gordas como puños, como los brillantes de los collares que él hubiera comprado á Julia, si en vez de pescador hubiera sido banquero.
«Se ha ido—gemía el infeliz—; mas ¿qué representa esta ausencia? ¿Se marchó para no volver ó se ausentó momentáneamente? Esta puerta abierta lo mismo puede decir lo uno que lo otro; que si no piensa volver nunca, poco debe importarle la suerte que corra su hogar, al dejarlo así á merced de las gentes. ¡Ah!, pero esto es suponer un disparate. ¿No había dicho bien claro Pascual que ella no quería subir al automóvil? ¿Qué más prueba de que Julia había sido llevada á la fuerza, con engaños, poco menos que robada? ¿Cómo, si no, iba á dejar así su casa, la casa donde naciera?»
Todos estos razonamientos se hacía Pedro, encaminados á demostrar que Julia era una víctima y no una culpable.
«¿Cómo poder suponer culpable á una mujer que el día antes le prometía fijar en aquel en que se hallaban la fecha de su matrimonio? ¿Cómo suponer en ella tamaña infamia como sería la de ofrecer lo que no estaba en su ánimo cumplir? ¿No habría subido al automóvil alucinada por la idea de dar cumplimiento á su harto conocido deseo de saber cómo se iba en un coche de aquellos?»
Claro que, aunque esta fuera la causa de la ausencia de Julia, de nada podía servir para disculpar su conducta, y que no por ello veía Pedro aclararse los negros nubarrones de su alma; pero como buen enamorado, sentía algún consuelo al pensar que todo podía quedar reducido á una ligereza, á una imprudencia, que no tenía disculpa; pero al fin y al cabo, á una imprudencia, y no á otra falta mucho más grave.
Lo cierto y seguro es que lo ocurrido creaba una situación dificilísima entre Julia y Pedro; porque ni él estaba dispuesto á perdonar, ni su padre consentiría ya jamás en aquella boda.—«Pero ¿qué es lo ocurrido, Dios mío, qué es lo ocurrido, si yo no lo sé, ni lo sabe nadie?»—decía quitándose y poniéndose la boina y enmarañando su ensortijado cabello. Nuevamente volvió á hundir la cara entre las manos, como si quisiera recoger las ideas. Largo rato permaneció en aquella actitud. Por fin, levantándose, se acercó lentamente á la puerta de la casa y, tras de alguna vacilación, penetró en ella.
La casuca componíase de dos estancias: Pedro no había pasado nunca de la primera.