—¿Te vas á poner tierna ahora?

—¿Y por qué no? Recordando aquellos tiempos...

—Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas á contar la historia del imbécil del pescador que se mató...

—Tú no te matarías, si yo te abandonara, ¿verdad?

—¡No, por cierto!

—Porque tú no me quieres como me quería aquél.

—No sé si te quiero más ó menos; pero lo que si sé, es que si todos los que has querido y has abandonado... ó te han abandonado, hasta nuestros días... se hubieran matado, excuso decirte.

Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono despectivo, sintió que la sangre se agolpaba en el corazón; sintió un arrebato de ira que la impulsaba á insultarle; pero la dignidad, maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisión á los amos, durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.

Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, y al través de ellas vió la dulce imagen de Pedro.

El señor gordo volvió la cabeza para mirar á Julia, y al verla en aquella actitud, exclamó con tono agrio: