—Soy Julia... Julia... ¿No te acuerdas?
El muchacho asintió con otro movimiento de cabeza, pues el hablar parecía habérsele bajado á los talones, y siguió mirando como si estuviera hipnotizado.
Pensó Julia un momento y luego, encarándose con Pascual, le dijo:
—Te voy á dar un encargo, ¿lo cumplirás? ¿Sí? Bueno, pues mira: toma este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva dentro de dos ó tres días, ¿me entiendes? No te pesará. He de hablar contigo y has de contarme muchas cosas.
La voz del caballero resonó malhumorada, diciendo:
—A este paso nos tendremos que volver á casa sin llegar al Padruco... ¡Vaya una tardecita!
Separóse Julia de Pascual, después de cambiar con él las últimas palabras, y corrió hacia el hombre gordo.
—¡Qué impaciente eres, hijo mío!—dijo subiendo al carruaje.
—¡Y tú qué pesada!—replicó él ocupando su asiento en el pescante, junto á Julia.—¿Y quién es ese personaje con el que te has mostrado tan generosa?
—Ese personaje era hace quince años un rapacillo—respondió Julia dando un suspiro.