Cuando los efectos del cloroformo se extinguieron, Pelotón, á causa de los violentos dolores que sentía en la herida, pues la bala había interesado el hueso, empezó á quejarse con toda la fuerza de sus pulmones, que era mucha, pues los tenía capaces de dar cabida á un ciclón.
Al oir los quejidos del herido, una hermana que á prevención había quedado junto al lecho, trató de consolarle amorosamente:
—Tenga paciencia, hermano, que otros han sufrido mucho más... ¿Qué sabe usted lo que son dolores fuertes?—decíale como supremo argumento.
Suspendió Pelotón unos segundos sus lastimeros lamentos para mirar con ojos extraviados á la hermana, como dando á entender que no le parecía una razón muy convincente el que otros hubieran sufrido más, para que él no estuviera viendo las estrellas.
La fuerza del dolor y el estado de debilidad en que el herido se encontraba, pronto le dejaron sumido en un estado grande de postración.
Cuando Pelotón abrió los ojos nuevamente, el primer quejido de la serie que se disponía á lanzar, quedó contenido en sus labios por la sorpresa que experimentó.
Entre las muchas señoras que caritativa y generosamente desempeñaban el cargo de enfermeras en aquel hospital, había una, llamada Doña Amparo, que atraía la atención de cuantos la veían, por su radiante hermosura. Se podía apostar, sin miedo á perder, que no tenía más de veinticinco años. Morena, de ojos grandes y negros, como su pelo, que cubría, en parte, con una cofia blanca como la nieve. Su semblante, algo aniñado, tenía una expresión dulce y bondadosa, la sonrisa, un poco tristona, jugueteaba continuamente en sus finos y rojos labios. Si hubiera sido más alta, habría parecido delgada; pero, dada su mediana estatura, sus carnes estaban en lo justo para que las formas guardaran un admirable concierto. Era el tono de su voz tan suave y persuasivo, que, cuando suplicaba algo, era una orden para el que la oía. El aroma de todas las flores de la tierra parecía encerrado en aquella mujer, y no había allí herido alguno que no sintiera aliviarse sus sufrimientos cuando ella se acercaba: tal era la mujer que Pelotón vió ante sí.
Doña Amparito, como la llamaban más comúnmente, enfriaba con la cuchara el caldo de una taza que tenía en la mano.
—¿Se siente usted más aliviado?—preguntó á Pelotón.