Este, sintiendo que la lengua se le volvía un estropajo, contestó con un movimiento afirmativo de cabeza.
—Pues á tomar ahora este caldito y á seguir descansando... ¿verdad?
Y decía aquello de una manera, con un tonillo, que no había más remedio que tomarse el caldo sin replicar.
Desde aquel momento, Doña Amparito vino á ser una obsesión para el pobre soldado, y éste á convertirse en el punto negro de las hermanas de la Caridad y de las demás enfermeras; todas temblaban cuando tenían que acercarse á la cama de Pelotón para algo.
El herido oponía una resistencia heroica á tomar nada que no viniera de manos de la bella enfermera. ¿Qué culpa tenía él de que los alimentos le nutrieran más... de que las medicinas le produjesen mejor efecto cuando ella se las daba que cuando se las daban las otras?
Y no es que las demás señoras, como las hermanas, no fueran cariñosas con él... ¡qué disparate!...; es que aquélla... aquélla tenía un modo de hacer las cosas que... ¡vamos!... él no se lo sabía explicar, pero cuando ella se acercaba, con ella venía la salud, la vida, la alegría... ¡Si daba gusto sufrir para que ella consolara con sus palabras llenas de amor y de ternura! ¿Es que tenía él la culpa de tener fe en que con sus cuidados se había de poner bueno? ¿Que las hermanas se enfadaban? ¿Que los médicos le reñían? ¿Que ella misma le había reprendido alguna vez por su terquedad? Ella, hasta regañando, daba gusto oirla, y en cuanto á los demás... ¡los demás, que le presentaran el artículo de las Ordenanzas en que se prohibía tener fe en una persona! ¡Porque fe y nada más era lo que él sentía por aquella señora tan guapa! Y decían que era viuda de un capitán, muerto en la campaña aquella, y que por honrar la memoria de su esposo se había consagrado á cuidar á los heridos mientras durara la guerra.
—¡Viuda!—decíase Pelotón.—¡Qué cochino enemigo habrá sido el que ha matado al marido! ¡Pobrecita!
Llegó para Pelotón el terrible momento: había quedado cojo; pero estaba curado, dado de alta, con la licencia absoluta en el canuto y con una cruz en el pecho.
Mohino y cabizbajo salió Juan del hospital. No sabía lo que le pasaba; iba triste, y no sabía por qué. Al abandonar el hospital le parecía abandonar el lugar de toda alegría y de toda felicidad que pudiera haber en la tierra. De todos se había despedido, y aunque aún le sonaba en los oídos el tono socarrón con que el médico le había dicho: «Cuídate, Pelotón, que aunque estás curado... no estás bueno», lo que aún le parecía estar oyendo eran las palabras de ella:—«Ya ha cumplido usted con la patria; ahora á cumplir con los padres... y con la novia, porque usted tendrá novia.»—¡Congrio, si tenía novia!... ¡La moza más garrida y más guapa de Cornejilla la Vieja!... Y por cierto, que Dolores, que así se llamaba, no debía estar muy satisfecha del novio, porque, á decir verdad, las cartas que la había escrito desde el hospital habían sido bien cortas... y bien lacónicas.