II
Describir, ¡qué digo describir!, dar idea, siquiera aproximada, del entusiasmo con que fué recibido Pelotón en Cornejilla la Vieja, sería tarea punto menos que imposible. Chillando los chicos delante, gritando los hombres detrás, y saludando con los pañuelos, desde puertas y ventanas, las mujeres, fué llevado en hombros hasta el Ayuntamiento, donde fué agasajado y festejado por demás.
Allí, en el salón de sesiones, en medio de un griterío ensordecedor, el Alcalde propuso que se diera á la plaza del pueblo el nombre de Juan Pacheco; un concejal dijo que era mucho mejor asignarle una pensión; otro, que hacer las dos cosas; por último, se acordó dejar el asunto para la primera sesión.
En todo aquel día pudo Juan disponer cinco minutos de su persona; todos le asediaban con preguntas y más preguntas, y más de cien veces tuvo que repetir cómo había recibido la herida.
¿Y por la noche en casa de Dolores? Si apenas pudo preguntarla:
—¡Hola!... ¿Cómo estás, chica?
Nada; á contar de nuevo la acción, y á decir cómo había luchado contra dos... y cómo á los dos los había hecho polvo; cosa que no le parecía de mayor cuantía, porque es lo que decía él:
—El que uno sea torpe pa aprender la instrucción no es razón pa no ser listo en dar leña antes que se la den á uno.
El caso es que Pelotón seguía siempre el relato hasta su salida del hospital, y que, si bien era parco en lo que al hecho de armas se refería, era de oir cómo se eternizaba hablando de Doña Amparito.
Contemplábale Dolores con ojos fijos, y oíale sin rechistar. No parecía muy contenta la moza, que digamos, y algún pesar oculto parecía dominarla.