Los cinco ó seis primeros días fueron de ajetreo continuo para el héroe: hoy comía aquí, mañana cenaba allá... Y luego, á casa de la novia, á repetir el hecho ante los padres y las visitas, y á entusiasmarse hablando de la linda enfermera. Dolores, que en los días transcurridos aun no había escuchado de su novio ni una palabra cariñosa, hacía puntilla, sin levantar cabeza en todo el rato.
Al séptimo día, el mozo decidió quitarse ya el uniforme y vestir, como antaño, el pantalón de pana y el chaquetón de paño burdo; lo cual que fué como dar la señal para que empezara á decaer el entusiasmo público, y para que el Ayuntamiento, que aun no se había puesto de acuerdo, cesara en las discusiones de que si había de ser el nombre á la plaza, la pensión, ó las dos cosas á la vez.
Aquella noche hubo protestas por parte de los padres de la novia, porque se había quitado las prendas militares. Dolores, que parecía muy nerviosa, nada dijo, y escuchó por milésima vez los elogios que su novio hacía de aquella tan decantada Amparito.
A la hora de despedirse, y cuando le llegó el turno á ella, díjole á Pelotón, muy bajito:
—Juan, si quieres hacer el favor, espera junto á la reja de mi cuarto, que he de hablarte sin que nadie nos oiga.
Algo le sorprendió al mozo el encargo; pero cumplióle y esperó donde se le había pedido.
Poco tardó Dolores en salir á la ventana llevando un paquetito en las manos. Al verla Juan, exclamó:
—Más impaciente me tenías, que el día que te esperé aquí mismo pa que me dijeras que sí... que me querías... ¿Qué te sucede?
—Poca cosa—replicó Dolores, con no poca sequedad—. Quería, en primer lugar, darte este paquete.
Tomó Juan el paquete que Dolores le alargaba, y examinando el contenido, lanzó una exclamación: