—¡Congrio...! ¡Estas son mis cartas!
—Y todos cuantos regalos tengo tuyos—añadió Dolores.
—¿Es que no tienes sitio pa guardarlos?
—Lo he tenido, y lo tengo... pero no sé si lo tendré en lo sucesivo.
—¿Qué quiés decir con eso?
—Que todo tiene su límite, Juan, y que mi paciencia ha llegado al suyo; que desde que has venido no sabes hablar más que de tu bendita Doña Amparo, sin que hayas encontrado ocasión de decirme: «Dolores, cuánto he penao porque no te veía». Que, sin saberlo, nos has enterado á todos de que estabas enamorao como un burro, que cada uno se enamora como lo que es, de tu Doña Amparito, y que, como yo soy moza que tiene derecho á que el hombre que se case con ella no piense más que en su mujer, pues se me ha ocurrido que tú debes volverte á la guerra á que te den otro tiro, ó marcharte donde quieras... porque ¡vamos! que tú á mí... ¡tú á mí no me cuentas más lo que te ha pasado con ella!
Y la hermosa hembra, echando lumbre por la cara, cerró con fuerza la ventana.
Juan, que parecía haberse quedado atontado con aquel discurso, quiso impedirlo con la mano; pero sólo consiguió que medio le pillara un dedo.
Sacudió la mano con fuerza, y chupóse después el dedo para mitigar el dolor que, á lo que parece, sirvió para devolverle el habla.
—¡¡Recongrio...!! ¿Pues no se atreve á decir que estoy enamorao de la otra...? Lo que tú tienes es que estás enrabiada porque ves que yo... y que ella... y que tú... ¡Y que puedes esperar sentada, si piensas que yo he de venir á rogarte...! ¡A mí con humos...!