Y Pelotón, recogiendo el paquete que había dejado caer al suelo por la fuerza del dolor del dedo, salió de allí botando, y tan deprisa como le permitía su cojera.

III

Sentados á la sombra de un mísero y solitario olivo, Pelotón y Meleno descansaban de la labor del campo y daban fin de un menguado almuerzo; mejor dicho, Meleno era el que lo consumía casi por entero, porque á la legua se veía que Juan no podía tragar bocado, según lo tristón y cariacontecido que se hallaba.

Su padre era el dueño de la única tahona que había en el pueblo, y él alternaba el trabajo de la fabricación del pan con la labranza de algunas tierras que tenían, en las que sembraban trigo, que luego empleaban en el negocio.

—¿Y nada más te dijo?—preguntó Meleno, que así le llamaban por el horror que tenía á cortarse el pelo, engullendo un pedazo enorme de tortilla.

—¡Nada más!—suspiró Pelotón.—Después cerró la ventana con tanto aire, que me cogió este dedo... y mira cómo tengo la uña: parece de pez, por lo negra.

—Pues... ¿sabes lo que te digo?—respondió Meleno.

—¿Qué?

—Que la Dolores no te ha obsequiao con las calabazas por lo que me has dicho.

—¿Por qué iba á ser, entonces?