Juan pasaba de los períodos de exaltación á los de un decaimiento profundo con la mayor rapidez; y eran tales sus lamentaciones, en estos últimos, que á buen seguro que de ser él un poco más decidido, ya hubiera hecho un disparate gordo.
Siempre que podía, procuraba hacerse el encontradizo con Dolores; pero de nada le servía, porque la chica le huía como si fuera el demonio.
¿Es que Dolores le había dado calabazas efectivamente porque tuviera á menos casarse con un cojo? ¡No! Dolores seguía queriendo á Juan lo mismo que antes, más quizá, porque también ella admiraba un poquitillo el valor de que Pelotón había dado pruebas en la guerra; pero Dolores estaba herida en lo vivo, desde que se dió cuenta de que su novio estaba enamorado, bien que sin saberlo, de aquella Doña Amparo; y no era ella mujer que sufriera esto. Sufría tanto ó más que Juan; pero no se daba á los arrebatos que éste: guardaba sus penas en el corazón, para ella sola, y mostrábase afable y cariñosa con las gentes; al revés que Juan, que no había guapo que se acercara á decirle una palabra.
No pasó inadvertida, ni mucho menos, para la chica, la mudanza que se operaba en su ex novio, y que éste cada vez podía menos vivir sin ella; pero guardábase muy bien de que él encontrara ocasión de hablarla: muy segura tenía que estar de que Juan había vuelto á la realidad para perdonarlo... ¡aunque se estuviera muriendo por hacerlo. ¿Que Juan sufría mucho? ¡Más había sufrido ella oyendo aquellos interminables relatos de lo que le había sucedido con aquella bendita señora!
Al fin, sucedió lo que tenía que suceder, tratándose de una moza tan hermosa como Dolores: los mozos del pueblo, que al principio se habían abstenido de decirla nada, pensando que la riña con Juan sería cosa pasajera, al ver que ésta se prolongaba y que ello parecía cosa seria, empezaron á cortejar á la moza.
Esquiva se mostró ella con todos, y no muy decididos ellos; pero al fin, hubo uno que se aventuró á espetarla su declaración.
Cuando esto llegó á oídos de Juan, creyó que se volvía loco; pero cuando creyó rabiar, fué cuando supo que el atrevido había sido Meleno... ¡su mejor amigo!
Saber esto, y echar á correr hacia una tierra en la que el Meleno se hallaba binando tranquilamente, fué todo uno.