Cuando Meleno se vió venir á Juan, en aquella actitud tan fiera, tembló por sus narices, pues demasiado sabía á lo que venía, y los puños que tenía. «Pero, ¿no era libre la Dolores para hacer lo que quisiera, puesto que habían reñido?»

No pudo seguir adelante en sus razonamientos, porque, lo mismo fué llegar Juan junto á Meleno, y que caer sobre éste una lluvia horrible de puñetazos. Y con tanta fuerza daba Juan, y tan malamente se defendía Meleno, que, á no ser por otro mozo del pueblo que á la sazón pasaba por la carretera, muy próxima al lugar del suceso, seguramente que allí se pusiera el punto final á la historia de Meleno.

Trabajo, y no poco, le costó al otro mozo lograr separarlos; pero pudo conseguirlo, no tanto por la abundancia de sus fuerzas, como por agotamiento de las de Juan, á fuerza de moler á su contrario.

Jadeantes y sudorosos, cada cual por su estilo, quedaron todos tres.

—¡Pero, hombre!... ¡Parece mentira que dos amigos tan... amigos como vosotros, hagáis esto!—dijo el mozo, tercero en la refriega.

—¿Amigo yo de ese... charrán?—replicó Juan despreciativamente, liándose á la cintura la caída faja.

—Bueno. ¿Se puede saber á qué ha venido esto?—preguntó Meleno, arreglándose, á su vez, los desperfectos.

—¡Demasiao sabes tú á lo que viene! Pero, mira, para que lo sepas mejor, te voy á decir, para tu gobierno, que mientras yo viva, ni tú, ni quien valga más que tú, le ha de decir na á la Dolores. ¿Te has enterao?

—¿Es que se va á hacer monja?

—Se hará... lo que le dé la gana; eso te tiene á ti sin cuidao. Lo que no tienes que olvidar es que mientras yo aliente, no habrá quien se acerque á la Dolores pa decirla «buenos ojos tienes»... ¡Por éstas!