Y al decir esto, Juan hizo una cruz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, dando en ella tan fuerte beso, que más parecía besar en fresca boca de mujer que en dedos propios y no muy limpios.
Más ganó Juan con este hecho, para su causa, que con todo lo que hasta entonces había intentado; porque no bien supo Dolores lo ocurrido, cuando sintió que toda su entereza se venía á tierra, y que se le deshacía la capa de hielo con que cubriera su corazón: ella conocía muy bien á Juan, y, por lo tanto, sabía muy bien que aquello no era bravuconería, sino cariño puro y de la mejor ley.
Decidió, pues, la moza, suavizar sus rigores para con Juan y hasta perdonarlo, como ya en su fuero interno lo había hecho; pero antes se propuso hacerle rabiar un poco, y á ello ajustó desde entonces su conducta.
Ya no huía las ocasiones de encontrarse con él; aunque procuraba no dar lugar á que la hablara, porque sabía que esto era lo que más le desesperaba.
La primera vez que se encontraron, que fué en la plaza, Dolores iba acompañada de una amiga. Al ver á Juan, ambas cuchichearon un momento entre risas contenidas, lo cual causó en aquél un azoramiento terrible. Tentado estuvo de volver atrás para no cruzarse con ellas; pero comprendiendo que esto era una retirada vergonzosa, siguió avanzando. Al cruzarse con ellas, sintió decir á Dolores, en voz alta y bien clara:—«La verdad, chica, que hay hombres brutos.»—Y á renglón seguido, dos alegres carcajadas resonaron en sus oídos, haciéndole el efecto de un escopetazo.
Juan, que al oir lo dicho por Dolores se había quedado parado en seco, pensando que aquello de bruto iba por él, al oir las risas de las dos amigas, salió de estampía, poniéndose colorado como un tomate.
—«¡Congrio! ¿Qué duda había de que Dolores le había llamado bruto, y de que se iban riendo de él?»
Pero esto era una señal de que Dolores no le quería, y si Dolores no le quería, aquello era también señal de que él no podía vivir; porque esa era la verdad: él no podía vivir ya sin Dolorcicas.
De tal manera se le metió corazón adentro la idea de que la moza no le quería ni pizca, que el hombre cayó en la melancolía más terrible; y olvidándose del quehacer á que se dirigía, echó carretera adelante, deseoso de hallar algún sitio donde estar pudiera á solas con sus tétricos pensamientos, sin ver ni hablar á nadie; que no hay nada que haga tomar tanto asco á las gentes, como las desgracias amorosas.