Andando, andando, vino á dar con sus huesos en Fuente Nueva, lugar algo distante del pueblo, donde se encuentran los tres únicos árboles que hay en el lugar, y que se mantienen á expensas de la humedad que les presta la fuente que da nombre al sitio.

Sentóse en el suelo, apoyando la espalda en el tronco de uno de aquellos árboles, y sacando un interminable pañuelo de entre los pliegues de la faja, lo pasó repetidamente por sus húmedos ojos.

Después que hubo llorado un buen rato, quedóse mirando á la fuente, y luego á los árboles. Cuando se hubo cansado de mirar á todas partes, cuando hubo ablandado todas las piedras que por allí había con unos suspiros que para sí los hubiera querido D. Quijote en su época de penitencia, soltó una serie de «congrios» interminable, y otra de «recongrios» más larga aún; añadió después que se hacía la tal en Meleno y que se iba á hacer la cual en todo el pueblo; soltó tres bufidos que levantaron una nube de polvo de la carretera, y cayó en honda meditación.

Aquella situación era insostenible, y era preciso ponerle fin. Para lograr esto, lo primero que hacía falta era encontrar ocasión de hablar con Dolores... y Juan creyó haberla encontrado: Dolores se sentaba todas las tardes á coser á la puerta de su casa; iría allí, y quieras que no, tendría que oirle.

Para no demorar tal resolución, decidió ponerla en práctica al siguiente día.

Llegó, aunque muy despacio para Pelotón, el día siguiente, y llegó la tarde. Juan, contoneando la cojera más de lo acostumbrado, y haciendo un acopio de energías inverosímil, llegó hasta la puerta de la casa de su tormento y quedó parado en ella sin decir palabra.

Dolores, en efecto, estaba cosiendo, en la puerta de la casa; Juana, la criada, cosía también, sentada al lado del ama, y ambas charlaban. Dolores, que inclinada sobre la costura vió la sombra de una persona que se paraba en la puerta, levantó la cabeza para ver quién era. Al ver á Juan y, sobre todo, al ver la cara tan compungida, á la par que fiera, que traía, sintió grandes deseos de echarse á reir; pero se contuvo. Quedóse mirándole un momento, y después, con el tono más natural del mundo, dijo á la Juana, á la par que ella lo hacía:

—Recoge la costura, Juana, que vamos á tener visita.

—¿Que vamos á tener visita ha dicho usted?