La pobre Claudia no podía hacer más milagros que los que hacía con los veintidós duros y medio.
Jacinto, cada día se volvía más taciturno.
«Es que tu mujer no será arreglada»—le decían los compañeros casados de la oficina—. Y él pensaba: «Mi mujer no será arreglada, pero lo que es arreglada, vaya si la está la pobre».—Pero no, no era eso. ¿Qué desarreglo podía haber con aquella miserable paga? Lo que sucedía es que la infeliz señora no podía, no tenía poder para hacer el milagro de los panes y los peces.
Se trató primero, para ver de salirle al encuentro á la mala situación que se presentaba, de conseguir un ascenso para Jacinto; pero el diputado puso pies en pared y agarrándose al escalafón, dijo que no era posible saltar por encima de tanta gente. Se pensó después en hallar una segunda colocación; pero... ¡sí... sí...! ¡buenas estaban las segundas colocaciones! Jacinto recurrió al último extremo, al que recurre la inmensa mayoría de los españoles, siquiera los resultados sean nulos en la mayoría de los casos: escribió un cuentecito para un periódico; y, si bien no puede decirse que estaba mal escrito, sí puede decirse que lo publicó... gratis. No obstante, algunos más escribió, que consiguió publicar y hasta cobrar; pero esto era tan de tarde en tarde, que nada pudo mejorar la situación de la familia.
Jacinto llegó á preocuparse seriamente de la existencia de aquellos tres angelitos, que cada día le iba pareciendo más problemática. Su ánimo empezó á ensombrecerse y su persona tomó el aspecto tristón y retraído con que le hemos conocido.
Sus cuentos llegaron á ser verdaderamente espeluznantes.
II
Cuando Jacinto salió de la oficina, iba pensando en las palabras de sus compañeros. «¡Que escriba artículos cómicos! Pero, ¿es posible escribir artículos cómicos llevando una tragedia por dentro? ¿Seré yo una excepción de la regla? ¿Estaré yo preocupado sin motivo? Porque la verdad es que á mis compañeros no debe sobrarles, y, sin embargo, ellos ríen, están contentos y, al parecer, son felices. Gutiérrez tiene mujer y dos chicos; tiene el mismo sueldo que yo, y, que se sepa, los padres de ella, ya que él no los tiene, no le ayudan con nada. No obstante esto, difícil es encontrar un ser más alegre. ¿Será que no le preocupen las estrecheces de su casa? No; lo que es, ya lo han dicho bien claro: á mal tiempo, buena cara. Y tienen razón, ¡qué caramba! ¿Qué se adelanta con ponerse fúnebre? ¡Nada!»
El buen Jacinto, caminando hacia su casa, se hacía todas estas reflexiones para convencerse á sí mismo de que sus compañeros tenían razón.
«Sí; es preciso estar alegre—se decía argumentándose aún—; es preciso reir: la risa es al alma, lo que la ropa al cuerpo: hay que presentarse de un modo agradable, aunque por dentro se vaya hecho una lástima. A la gente alegre todo el mundo la busca y en todas partes es bien recibida.»