De tal manera se argumentó Jacinto, para convencerse de lo infundado de sus tristezas, que casi empezó á sentirse contento.
«¿Que escribiera artículos cómicos? ¡Pues sí señor que los escribiría! Y no iba á tardar mucho: aquella misma tarde, en cuanto almorzara, se ponía á escribir el primero. ¿Que no tenía asunto?... ¡De sobra! Con que contara lo que pasaba en su casa, figurando que sucedía en casa de un Fulano cualquiera, había veinte artículos. Sólo con relatar que una vez se le ocurrió pesar á sus tres hijos juntos, y se encontró con que entre los tres reunían 16 kilos de peso, había para hartarse de reir.
Pues, ¿y si contaba las batallas campales que los chicos sostenían con el gato para quitarle los cinco céntimos de cordilla? ¡Pobrecillos!...»
Aquel pobre gato cuyo espinazo era un serrucho—tal era su gordura—con el que se podía serrar toda la madera del mundo, era una verdadera ruina en la casa, con sus cinco céntimos diarios de gasto; porque, sobras en los platos... ¡Dios las diera!
Diversas veces había querido Claudia regalárselo á la portera; pero hablarse de esto y tirarse los tres chicos al suelo, berreando como desesperados, todo era uno.
En vano les decía su madre que el animalito estaría más distraído en la portería, por aquello de que podría asomarse á la calle á ver la gente.
Todo razonamiento era inútil. Además, que, ¿quién les negaba aquel gusto á los pobres nenes? ¡Era tan raro poderles dar alguno!
De tal peso fueron las razones que Jacinto se dió, que cuando llegó á su casa iba tan alegre, que ni él mismo se conocía. Cuando Claudia abrió la puerta y le vió con aquel semblante tan placentero, quedó muy sorprendida.
—¿Qué te pasa, que vienes tan contento?