—Que estoy muy alegre. ¿No lo ves?

—Sí; sí que lo veo... Pero ¿por qué estás tan alegre?

—Porque ese, y no otro, es el estado natural del hombre; porque así es como se debe estar siempre: alegre, contento, satisfecho de la vida y de haber nacido. Tú también debes estar contenta.

—¡No, por Dios; no me pidas que yo esté contenta!

—¿Por qué no?

—Porque has de saber que, ya que era poco lo que teníamos encima, Luisito se ha puesto muy malito esta mañana, á poco de irte tú á la oficina.

—¿Qué tiene?—preguntó Jacinto, sobresaltado.

—No lo sé—respondió Claudia, dejando correr las lágrimas, que, según brotaban, iba enjugando con la punta de su delantalito.

—Pues yo sí lo sé: lo que tiene Luisito es un empacho de tristeza.