Y Jacinto, al decir esto, tiró para la alcoba donde estaba el niño. Los dos mayorcitos habían ido ya al colegio.

—¿Qué es eso, hombre?...—preguntó Jacinto al niño, acariciando su rubia cabecita.

El niño, revolviéndose en su camita, contestó con un monosílabo que daba bien claro á entender las pocas ganas que tenía de conversación.

—He mandado á la portera que vaya á casa del médico y que le diga que venga cuanto antes—suspiró Claudia.

—Has hecho muy bien.

—Sí; pero ya ves, ahora ese gasto...

—No te apures, mujer: los médicos son unas bellas personas que esperan todo lo que se quiera para cobrar. ¡Ah! si se pudiera avisar que trajeran un jamón, con la misma facilidad con que se avisa al médico...

Claudia, en medio de sus lloriqueos, no pudo menos de echarse á reir al oir á su marido.

—¿Qué has hecho para ponerte de tan buen humor?

—Nada, hija mía, nada: argumentarme, darme razones para convencerme de que el estado de funerario ambulante no me llevaba á ningún lado bueno; y tantas, y tan buenas, me las he dado, que me convencí, y aquí me tienes... Tú debes hacer igual, te lo repito.