—¡Cómo quieres que me ponga contenta, hombre, viendo lo que pasa!
—¿Qué pasa?... ¡Nada!
—¿Te parece poco este gasto del médico, siendo así que el mes que viene quería yo ver de arreglármelas para comprarles botitas á Paquito y á Carlos, porque los pobrecitos casi van descalzos?
—Pues se les compran: ya te he dicho que los médicos aguardan mucho...
—¿Y la botica?
—¿La botica?... La botica... Pues mira, en último caso, si no se pueden comprar el mes que viene... ¡no se compran! ¿Se las vas á comprar con ponerte triste?
La campanilla de la escalera, al sonar, impidió oir la respuesta de Claudia; ésta, precipitadamente, pensando, con razón, que quien llamaba era el médico, corrió á abrir la puerta.
El doctor era, en efecto. Entró en la alcoba del niño, seguido de los padres, y tras de algunas preguntas á éstos, reconoció al enfermito detenidamente. Cuando hubo terminado el reconocimiento, salieron á la habitación contigua.
—No hay que alarmarse, pero hay que tener mucho cuidado: el niño no tiene nada y tiene mucho—dijo el galeno.—El niño necesita una buena alimentación: mucha leche, caldos de gallina y yemas de huevo para fortalecerle; después, este verano, á Santander, al Sardinero un par de meses, y... chico nuevo. Si me permite, voy á poner una receta y además el nombre de un reconstituyente que nos ayude un poco...
El médico tomó asiento ante la mesa de Jacinto; éste y Claudia se miraban mientras el doctor escribía. Lo que había dicho aquel hombre les había paralizado la lengua.