Extendida que fué la fórmula, el doctor se despidió, advirtiendo que el tratamiento debía empezar en seguida; que él volvería al día siguiente.
Cuando el doctor salió, Jacinto y Claudia, junto á la misma puerta de la escalera, quedaron mirándose sin hablar un buen rato.
—Leche... caldos... huevos... un reconstituyente...
—Y este verano ¡al Sardinero!—dijo Jacinto, continuando la relación empezada por su esposa.
—¿Todavía estás alegre, Jacinto?
Éste, que al oir al médico había sentido que toda su alegría se le iba por los talones, al oir á Claudia, y al verla próxima á desfallecer, se rehizo, pensando que era preciso disimular para darla alientos, y dijo:
—Sí, sí; todavía estoy alegre... y lo estaré. ¿Por qué no? Al niño se le dará leche, caldos, huevos... y reconstituyente; todo lo que sea necesario...
—Pero ¿con qué, Jacinto, con qué?
—¿Con qué? No lo sé, pero se le dará. Comeremos patatas, pan... duro; ¡no comeremos! Mis padres, tal vez puedan hacer algo para ayudarnos...
—¿Y mientras llega ese socorro... si llega? Ya has oído que el tratamiento ha de empezar en seguida.