—Ahora mismo. Trae dinero, que voy á la botica; y de paso le diré á la portera que suba para que te traiga lo que necesites.
—¡¡Dinero!!—murmuró Claudia.
Jacinto, al oir á su mujer, sintió que la espalda se le quedaba como el hielo, y que los pelos se le ponían de punta.
—¿No tienes?—preguntó conteniendo la angustia que sentía.
—A duras penas quedará para los cuatro días que faltan del mes.
Jacinto quedó con la cabeza inclinada sobre el pecho. No pensaba en su hijo, no pensaba en aquel grave contratiempo de no tener dinero: pensaba en lo que le habían dicho sus compañeros; parecía que los estaba oyendo:—«Escribe artículos cómicos, hombre; escribe artículos cómicos.»
Cuando volvió á la realidad, Claudia no no estaba allí; pero poco tardó en volver con un estuche en la mano.
—Toma, Jacinto—dijo con la voz velada por la más honda emoción.
—¿Qué es eso?