—¡Toma!—volvió á repetir Claudia, cubriéndose la cara con el delantalillo.

—¡Tu pulsera de pedida!—exclamó Jacinto cogiendo el estuche y abriéndolo.

—Qué le vamos á hacer; es la única alhaja que tenemos para empeñar. Llévala al Monte de Piedad; allí llevan pocos réditos y estará mejor guardada.

Jacinto guardó el estuche en un bolsillo de su americana; acercóse á Claudia, y rodeándola con los brazos, la estrechó fuertemente contra su pecho y estampó un beso en su frente.

—Anda, no te detengas, Jacinto, que el niño espera.

III

Apenas Jacinto se vió en la calle, soltó un formidable resoplido que ensanchó su corazón.

Enfiló la calle de Fuencarral, á paso ligero; metióse por la de Jacometrezo, atravesó la plaza del Callao y, por el postigo de San Martín, desembocó en la plaza de las Descalzas.

Al llegar allí, su paso, antes rápido, se hizo tan lento, que frente á la estatua de Piquer se detuvo. Dió otro resoplido, semejante al anterior, y quedóse mirando al ilustre fundador del piadoso establecimiento.