—¿Te vas á estar así hasta la noche?—dijo.

Volvió lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contestó con la mayor gravedad:

—No sé que te pueda importar mucho el que me esté ó no me esté; pero, de todos modos, bien se comprende que aquí me tengo que estar hasta que venga alguien que vuelva las tablas á su sitio y se pueda pasar.

—¿Y no estoy yo aquí para ponerlas?—replicó Juan con creciente coraje.

—Entonces, ¿para qué te has tomado el trabajo de quitarlas?

—¿Y si no hubiera sido yo?

—No puede ser nadie más que tú, porque no hay otro en el pueblo que tenga más mala sangre.

—¿Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas á verlo—exclamó Juan, que, como se ve, perdía en seguida los estribos—. Yo he sido el que ha quitado las tablas, sí, señor, yo he sido; pero no te creas que las he quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan mal corazón como el que tú tienes, no es para que la mire nadie: las he quitao pa que no tengas más remedio que ver de lo que es capaz Juan Pacheco.

Levantóse Dolores, un tanto sobresaltada, al ver á Juan esgrimir la navaja, y acercóse al borde del barranco.