Cuando por la mañana tempranito se levantó Claudia, lo encontró dormido, de bruces, sobre las cuartillas; después de dar la última cucharada al niño, el sueño y el cansancio habían rendido al infeliz.

Claudia, rodeando amorosamente con sus brazos el cuello de su marido, le dió un apasionado beso, que le hizo despertar sobresaltado.

—Acuéstate un poco; hasta la hora de la oficina puedes dormir tres horas—dijo Claudia con ternura.

—¿Por qué no mandas recado de que no puedes ir?

—No, no; para qué faltar; esta tarde dormiré otro poco... ¡Ah! pero no creas que le ha faltado nada al pequeñín á sus horas...

—Ya lo sé—respondió Claudia, sonriendo tristemente.

—¿No has dormido?

Claudia respondió con un signo negativo de cabeza, y se fué hacia la cocina para preparar el desayuno á Jacinto y á los niños; ella, sin que Jacinto lo supiera, hacía ya tiempo que no lo tomaba, para poder así aumentar las raciones de los demás.

Al levantarse Jacinto, quedaron á la vista las cuartillas; el artículo estaba terminado; sobre el satinado del papel veíanse pequeños circulitos opacos...