Jacinto sintió oprimírsele el corazón al leer aquella carta que rebosaba amor; Claudia murmuró palabras que nadie oyó, á no ser Dios, por ir á él dirigidas, y lloró, lloró mucho arrodillada ante la cuna de su hijo.

Al día siguiente, Claudia y sus tres hijos salieron para el pueblo de los abuelos. Jacinto quedó solo y con muy limitados recursos; pero esto era lo de menos, lo principal era que el chiquitín se salvara.

Llegó la primera carta de Claudia. Para comprender la ansiedad con que Jacinto leyó aquella carta, es preciso haber tenido un bebé en trance de muerte; yo, por lo menos, renuncio á describirla.

Las noticias no eran malas: el nene, al parecer, con el cambio de aires, se había reanimado algo; el médico del pueblo no desesperaba de salvarle.

Después de estas noticias, ¿qué podía importarle á Jacinto el pasarse la mitad de los días sin comer para ir estirando los recursos que le habían quedado? ¡Nada! Aquel día fué para él un verdadero día de fiesta, y el principal festejo, la contestación á la carta de Claudia. Qué de palabras cariñosas para todos; qué de besos para los chicos; ¡qué párrafo para que lo leyera Luisín... que no sabía leer!; qué de consejos á Claudia para que no se dejara dominar por las pesadumbres; qué de conceptos para convencerla de que no se preocupara por él, que nada le faltaba, si no era ellos.

La alegría que Jacinto experimentó con la lectura de aquella carta, y el descubierto en que se hallaba con su estómago, incitáronle á darse aquella noche un banquete; así, pues, á cosa de las ocho, metióse en el café de Levante, donde es fama que los dan grandes, y pidió un beefteack con patatas. Jacinto, que hacía ya mucho tiempo que no se veía con una cosa semejante ante sus ojos, devoró, más bien que comió, aquella vianda; que no hay nada que excite tanto el apetito como la alegría.

Aquella noche se metió en la cama, dispuesto á dormir á pierna suelta; no quería pensar, no quería sufrir, era preciso dar descanso al espíritu, dando de mano á las preocupaciones, aun cuando no fuera más que por unas horas.

Claudia siguió dando noticias diariamente del niño; noticias que, si no avanzaban en el sentido optimista, tampoco retrocedían al atroz pesimismo de los últimos días de permanencia en Madrid. Jacinto contestaba cada dos ó tres días... por mor de la franquicia.

La esperanza llegó á germinar en el corazón del oficinista; mas, cuando ésta echaba raíces más hondas, una bomba vino á estallar sobre el cerebro del pobre Jacinto, haciendo saltar los sesos, destrozando el corazón y desgarrando las carnes: la carta de aquel día, de Claudia, era una verdadera bomba.